Amo los versos que se leen desde lejos,
amo el pasado y el futuro que pasa por mi lado
haciéndole una verónica a mi suerte,
sacándose el sombrero y poniéndose unos guantes,
invitando una copa de vino invisible.
Amo leer tus labios en el horizonte
y descifrar lo que dicen sin tenerte,
amo mi manera de entenderte
y tu recuerdo que sabe a brisa fresca,
a rocío en el desierto, a licor de yerba buena
destilado a la luz resplandeciente de tus piernas
como si fueran luna nueva.
Amo el giro perfecto de una danza,
el vuelo con sordina de un ave peregrina de por la mañana,
y las risas que no alcanzan a llegar a su destino.
Amo mirar mi funeral por la ventana
y verme desde lejos, reflejado en un espejo biselado
mientras me rasuro y paso a llevar una sonrisa.
Amo devolverla sin prisa
mientras el cortejo espera
a que me vista de elegante, de chaqué
y es que hay algo que no sé:
por qué amo la distancia
entre los puntos suspensivos
que escribimos hace tiempo,
imaginando que la lluvia que borraba nuestros pasos
era la tinta que habitaba nuestras venas,
y que galopábamos silentes, sonrientes calle abajo
montados en el misterio de tus caderas…

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