Sentado en un parque, me tomo un café en vaso de papel y engullo un sándwich en mi hora de colación. Llevo un tiempo sin trabajo y cumplo funciones part-time a mis cuarenta y pico de años recién cumplidos. Soy profesional universitario y cuento con varios pergaminos; pero aquí estoy, casi tan cagado como hace veinticinco años, cuando era un universitario vital, pintamonos y engrupido con las utopías predemocráticas concertacionistas.
Evidentemente, no he podido abstraerme de la tragedia aérea ocurrida el pasado Viernes en Juan Fernández (¿alguien sí? no lo creo). Sólo he evitado postear algún comentario en las redes sociales para no caer en lo obvio y en las frases hechas que muchas veces dan más pena -por los errores ortográficos- que el fatal accidente. Me ha tocado leer “adiós, harcón” y “que descancen en pas” entre otras joyitas. Lo juro.
Es lamentable, triste y duro de asumir, ciertamente, una tragedia de este tipo, principalmente por la forma en que ocurrió. “Siempre se van los mejores…” es una frase muy socorrida en estos casos, pero que en esta oportunidad, dada la principal motivación del viaje, parece calzar más que nunca. Eran -son- todos ellos, buenas personas y buenos trabajadores, reconocidos en su entorno más cercano por su gran corazón y solidaridad haya o no cámaras de por medio según los testimonios, y no hay por qué dudarlo.
Por costumbre y tiempo, no veo tele, pero debo reconocer -como buen general después de la batalla, cómo no- que Felipe Camiroaga me cae bien. Siempre lo he encontrado un tipo demasiado decente para el medio, demasiado aparte precisamente por sus convicciones y pasiones, en las que nada tiene que ver la frivolidad. También por su valentía al asumir su posición política. Me pasa lo mismo con Tonka Tomicic. Aparte de guapos, simpáticos y buenos en lo suyo, han sabido sobresalir y flotar en medio de la mierda que se ha apoderado de la televisión abierta en los últimos años, incluso cuando sus vidas privadas se han visto salpicadas con comentarios insidiosos o han sido blanco de la envidia de famosillos al cuete. Por todo esto, uno podría recurrir quizás a otra frase hecha y decir que la vida no es justa, y cuestionar todo rabiosamente a partir de esa ontológica visión.
A metros de donde estoy, se encuentra una pareja joven y sus tres hijos que mis dioptrías me hacen confundir con una familia acomodada. Los gritos destemplados y procaces del pater familia dan cuenta de mi error y hacen que me pregunte qué diablos vio en él la doncella que lo acompaña y mira todo sentada en un escaño. Finalmente el galán da un último grito, y la esposa e hijos entienden que es hora de marcharse. Cuando la veo caminar y desplazar su cuidada figura sobre el césped húmedo por la lluvia de la noche anterior, doy una mascada a mi sándwich, sorbeteo mi café y repito en voz baja que la vida no es justa. Sin embargo, para mis adentros, sonrío y aprovecho el buen ánimo para encender el primer cigarrillo del día. Sabe bien. A los segundos, entre las bocanadas de humo aparece como un fantasma la figura de una chica guapa, claramente extranjera, seguramente anglosajona. Cuando pasa frente a mí, en un segundo que dura una eternidad y por obra del azar, nuestras miradas se encuentran y se sostienen. Yo aprovecho de saludarla en mi tarzanesco inglés y sonreír amablemente. Para mi sorpresa, responde casi ruborizada y alegre pero sin detenerse, mientras yo apago la colilla en una pequeña poza y por un momento pensar que no, que a veces uno se equivoca y que el saludo de la americana equilibró la balanza aunque fuera por unos instantes, y que la vida sí es justa. Esto pienso mientras degusto el último trozo de mi sándwich y el último sorbo de café, en el exacto momento en que un policía detiene su caballo a un par de metros, pausa que el jamelgo aprovecha para vaciar sus intestinos y echar a perder esa postal con su humeante pestilencia. La vida no es justa; nunca lo ha sido, digo por enésima vez y vuelvo al trabajo…

No hay comentarios:
Publicar un comentario