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sábado, 8 de octubre de 2011

Más que nada, Clapton (segundo lugar en concurso de cuentos Radio Futuro 2008)



En los veinte años dedicados a la compra y venta de discos en el boliche que heredó de su padre y al que paulatinamente cambió de tendencia, no ha existido otro mundo para él que el de “Mano Lenta”. Él nació con el rock y desde que recuerda ha marcado el ritmo de todos los grandes, y a los cuarenta y siete años, su máximo deleite es escuchar al ex Cream en la trastienda del local a la hora de almuerzo, cuando baja la cortina metálica y desenfunda algún vinilo de su ídolo como si estuviera desactivando una bomba. En esos minutos no existe nadie más que él, el tornamesas y el disco de turno. Esa manía de viejo rockero es conocida por todos los locatarios de la Plaza Almagro, que además saben que por nada subirá la cortina.
- ¿Y si vinieran a comprarte todos los discos?
- Después de las tres, ningún problema…
- ¿Y si fuera Clapton?

Entonces la piensa, y sin quitar los ojos de la revista que hojea desganado, responde: “Si viene con su guitarra, podríamos conversar…”

            Es Viernes y ahí está, ordenando todo para el fin de semana pues pretende liquidar un material rezagado. Aprovecha de hacerle mantención a su propia estantería y sintoniza la Futuro, donde desfilan los próceres que le acomodan sus propios días felices. Algo de Clapton en la época de Blind Faith suena por unos momentos, y ejercita su memoria, repasando lo que él llama “ficha técnica”, y que no es otra cosa que el detalle de la producción. Sabe qué guitarra y equipo están sonando; cuándo fue grabado el disco y por quién. Y habla con propiedad, pues no se crea que se quedó en la fase de diletante. También se atreve a veces con la de seis cuerdas que descansa en un rincón, guardada en el case de acrílico negro y que él conecta a un pequeño amplificador a bajo volumen, pues incluso ha pensado que es una afrenta el poner sus manos en la guitarra y tratar de tocar algo. A veces se queda a dormir en el local, pretendiendo encontrarse cuando anda medio perdido por la vida. A sus viejos les dice que a esa hora los micros ya escasean y que prefiere no arriesgar nada. ¿Y qué más puede arriesgar si lo perdió todo, excepto su pasión por el rock? Porque incluso tuvo que volver al alero paternal después de su fracaso en las ligas matrimoniales, y a partir de entonces como consuelo, sentir que no es tan malo todo si al menos puede cuidar de sus viejos.

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            Cuenta la leyenda que un día acertó a desembarcar en tierras locales el mismísimo Eric Clapton, lo que fue promovido profusamente -cómo no- por el mejor sonido del rock. Nuestro diletante amigo abordó esta instancia con la mayor de las calmas y sin alterar en lo más mínimo el ritmo con que cuchareaba las lentejas preparadas por mamá la noche anterior. Cuando él lo estimara necesario o conveniente se interiorizaría de los detalles; total que las lucas para ir y lograr una buena ubicación, estaban.

            Ese día se dejó caer por el Estadio Nacional con un par de amigos y toda su paciencia para vivir lo que quizás no volviera a ocurrir. Finalizado el recital, volvió a casa después de una escala en una schopería y con la calma de siempre. Al otro día el evento fue motivo de una pequeña reunión de locatarios en cuanto abrió su local, pero él le bajó el perfil incluso al hecho de haber asistido. A la hora de su colación, bajó la cortina y se dispuso a devorar el guisado que hervía sobre la cocinilla. La única diferencia con otros días fue que el homenaje de siempre ahora sería con los fonos puestos. Además, en esta oportunidad pondría en el tornamesas la única joyita de la que podía jactarse: un disco perteneciente a la etapa menos difundida de “Mano Lenta” y que su mujer le había canjeado por la separación. Dicen los que saben que en esos momentos un grupo de gringos se aburrió de golpear la cortina y los vecinos de llamar al teléfono que sonaba en algún rincón.

            Extrañado estaba cuando subió la cortina y encontró a un piño de gente que le enrostró su manía y lo que acababa de perderse. Con toda la calma que pudo, se situó detrás del mostrador.

- ¿Qué querían?
- ¡Da lo mismo! ¡Era la comitiva de Clapton! ¡Buscaban ese disco raro que tienes!
- ¡Clapton estaba en el auto! ¡Yo lo vi!- . En ese momento acusa el golpe y pregunta extrañamente ansioso: “¿Andaba con su guitarra?”…
- No creo… ¿Qué iba a andar haciendo con una guitarra, si tocó anoche no más?
- ¿Entonces a qué vino?

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