Este fin de semana termino un pituto que he estado haciendo en el Museo de Arte Contemporáneo desde Agosto pasado y que ha reportado sólo beneficios. El libro que pretendo publicar a fin de año y parte de la música que lo acompañará nacieron acá. No es poco. Es bacán. Es retomar el camino a lo grande y rodeado del espíritu de la Academia, de la estética. Como diría un erudito o un engrupido, la aisthesis en pleno escolta mi acción esta vez.
Por lo mismo, se me antoja una incongruencia descomunal salir del sacro-santo lugar y hacer slalom entre tanta máquina perforando el asfalto, tipos martillando cualquier cosa, constructoras levantando edificios de cartón piedra, etc. No belong.
Una vez más, bebo un café -exquisito por cierto-, fumo un pucho y observo todo desde mi podio. Por mis auriculares pasan Memphis la Blusera, Clapton, Eric Johnson, la Janis, en fin. Por mi lado, un energúmeno que ante mi negativa a una moneda solidaria, escupe y posteriormente eructa ruidosamente su rabia. Feo, anestético. Intento convencerme que lo que escuché es -por último- dodecafónico, pero Schoenberg no merece tal comparación, digo, y me la banco tranquilo, piolamente, mientras el primate se reúne con sus camaradas en un recoveco del vetusto e insigne edificio que apesta a orina y mugre, y que ve desdibujado su línea neoclásica con colchones y perros vagos. Como en una interminable secuencia de fotogramas, o mejor dicho pictogramas, aparece en la hilera de autos que esperan la luz verde, otro primate -quizás un bonovo, tal vez un simple mono del culo pelado- que no consiente ni concibe la palabra paciencia y golpea el manubrio de su velocípedo y lo aprieta como si fuera un ebúrneo trasero y ésta su última oportunidad para hacerlo. Feo.
Suena ahora Coco Montoya en mis orejitas y tengo la sensación-convicción de que cualquier intento por abandonar nuestra condición tercermundista pasa por eliminar esa tendencia perversa que tenemos hacia el feísmo. Tanta multitienda, tanto mall, tanta felicidad en cuotas precio contado para nada, me digo; pero la verdad es que ambas cosas parecieran ir de la mano.
Días atrás conversaba con una joven turista belga, egresada de Literatura. De visita por primera vez en esta fotocopia feliz del Edén, señaló una dicotomía que para ella resultaba sorprendente: en pocos días había descubierto dos países en uno. El país A, se sentía orgulloso de sus raíces, la pachamama, las bellezas naturales, el terremoto (el trago), y la sopaipilla (la fritura, no el corte de pelo flaitongo). El país B, intentaba a toda costa parecerse a Estados Unidos y su american way of life, incluyendo la moto china modelo californiano que aserrucha y mete más ruido que lo que avanza, según un motoquero experto. Como para considerarlo.
Un cuarto para las tres de la tarde y acá en el Forestal el ruido no sólo continúa, sino que aumenta en decibeles y velocidad, mientras recuerdo el ochentero juego Space Invaders y su tuntuntuntun isócrono, agobiante y letal. Mi amigo energúmeno aparece en escena nuevamente y ataca con un escupitajo que mi zapato izquierdo elude hábilmente. Tiene mala puntería el maldito y me río en su cara. Hasta ahí le dura la cuerda y me demuestra que es un chorizo al peo. Para equilibrar las acciones, por mi flanco derecho aparece la salvación potencial de este país: una madre joven -guapa ella- camina junto a sus hijos -una parejita- que no tienen más de siete u ocho años. Ambos visten a la usanza del siglo XIX. Ella, de vestido largo y sombrilla, parece sacada de un cuadro de Manet. El, de traje y sombrero, la lleva del brazo y a su vez, toma la mano de mamá. Lindo. Es la carta equivalente que se opone al feísmo del momento que parece durar más de la cuenta. La educación es en el fondo la respuesta, lo que hace la diferencia, me digo, y pienso -aún con el resabio de las bombas lacrimógenas en mi garganta- que Camila Vallejo y sus boys la tienen difícil, por lo que telepáticamente envío un SMS donde le digo que no baje los brazos, que aguante, porque el lugar que se ganaron los estudiantes en la Historia de este país digna y valientemente, así lo exige. Ojalá lo haya recibido. Uf! Game Over. Debo volver al Parnaso…

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