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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Mi amigo, el perro



            Por alguna idiota razón, ayer salí de casa calzando unos boxer que estaban en el canasto para el lavado de esa tarde. Me di cuenta de mi torpeza cuando ya estaba camino al centro. Como estaba despejado, lo único que esperaba dentro de mi paranoia era una temperatura adecuada que impidiera la fuga de algún aroma del artículo en cuestión. Es que son elasticados ¿vio?

         No sé qué relación tiene esto con lo que sucedió después. Probablemente ninguna. El caso es que después de realizar algunas compras, me instalé en la terraza del café que me acoge de un tiempo a esta parte. Esta vez sólo quería hacer una breve escala antes de volver a casa, por lo que pedí un cortado pequeño que disfruté junto a la lectura del último Clinic, ése donde subieron al columpio a la alcaldesa de Viña por gil.

Debo reconocer que hasta cierto punto me agradó que retiraran a los músicos del centro. No es que esté en contra de ellos y su oficio, que más allá de ser bueno o malo, cae a menudo en el lugar común y de eso –lo políticamente correcto y vender la pomada tradicional chilena a un piño de gringos- estoy hasta las huevas. Lo que realmente saturaba ese espacio –donde estoy metido por mi gusto casi a diario- eran dos cosas: que tocaran insistentemente el mismo repertorio o se equivocaran en la misma parte de la melodía, como ocurría con el flaco del saxo (viejito, si vas a tocar la 5ª de Beethoven, al menos estúdiala un poquito). Eso, amén de la actitud falsamente respetuosa o verdaderamente engrupida con el folklore nacional. Si algo me apestaba de los cantantes de micros es que hablaran de Don Víctor Jara y Doña Violeta Parra, así como pidiendo disculpas implícitamente por profitar de su repertorio sin pagarles un cinco por concepto de derechos de autor, y lo que es peor: sin llegar a entender su real valía como artistas. Menos mal que el día que estuvieron en este café la viuda y la hija de Víctor Jara, estos personajes pululaban en otro sector. Digo.

         Ayer, sin embargo, sucedió algo que me provocó un poco de risa. Se acercó a la terraza un sujeto que ha ido otras veces con su guitarra. Esta vez atacó con una batería de boleros que ni siquiera inmutó al trío de gringas que estaba en un rincón, pero que gatilló algún sentimiento nostálgico en el tipo de la mesa vecina, que hablaba en portuñol y que había vuelto al país después de seis años. Yo sólo escuchaba y leía el Clinic, específicamente la entrevista a un pendex de veinticinco años que llegó a enamorarse de su muñeca inflable. Notable. Igual le di una moneda al cantor. Lo divertido es que cuando éste empezó con el típico discurso de “soy un artista, hago eventos, estoy estudiando música, y disculpen mi disfonía” y toda esa vaina, un perro que había estado piola tirado al lado de un árbol, empezó a ladrar. El cantor intentaba hablar y el perro ladraba. En esa se fue el can, y decidí que era mi mejor amigo en ese momento. El tipo intentaba hablar y el perro volvía a interrumpirlo. Fue tanto que hasta las gringas se cagaron de la risa y mi tío tuvo que cerrar el boliche y largarse.

         Insisto en que no me molestan las manifestaciones urbanas, sean artísticas o no. Es el discurso de mierda que está detrás de todos y que uno tiene que aguantar por el sólo hecho de tomarse un café en la terraza de éste o cualquier otro boliche, porque llegan a cualquier parte. Estoy hasta las masas de todos los falsos mendicantes y chantas que pasan por esa esquina todos los días y engañan a los giles que le compran. Me emputa que uno no pueda ir de buena persona por la vida sin que intenten meterle el pico en el ojo (sólo porque uno está sentado no pueden hacerlo en otra parte). Me pasó con la dulce ancianita que vende alfajores. Un día cometí el “terrible error” de comprarle diez. Ahora cada vez que llega entra con bototos hasta donde me encuentre (y eso que pusieron jardineras y cadenas) y ataca. Se molesta si no le compro, obvio. Para suerte de ella -y mía- su dulce producto siempre es bien acogido por mis sobrinas y una secretaria de la empresa donde trabajo. Me queda el pobre consuelo que siempre le saco una yapa.

         Estoy esperando que mi terapeuta me llame para retomar la dinámica en la que estaba y pueda reforzarme algunos aspectos. Lo estoy necesitando, porque no estoy ni cerca de sentirme responsable por la miseria ajena. No es mi culpa. Me gusta ayudar al que lo necesita, pero que no se aprovechen los hijos de su madre, como decía la Fabi, una clienta bien rica y con un genio de los mil demonios que tuve por harto tiempo. Es que no se puede. El otro día vi un comercial sobre el aborto, donde literalmente la pelotuda de turno dice “de ti depende que no se produzca otro aborto”, y da un número de cuenta del Banco Santander. O sea, la cachita se la pegan otros y las consecuencias las tengo que asumir yo. Las huevas. Un día hablaba de este tema con Miguel, uno de los garzones que me atiende y llegamos a la conclusión que no sería malo cambiar de giro, considerando que el cieguito que se estaciona justo en la esquina se lleva en promedio catorce luquitas sólo con mover el jarrito metálico con un par de monedas adentro. En estos casos, me gustaría que estuviera el perro de ayer, para –a punta de ladridos- obligar al parásito de turno a callarse o a cambiar el discurso. Por eso, estoy en contra de la matanza de perros vagos. Si son una ayuda, más que los pacos que transitan por el centro y no conocen ni una calle. Si no me creen, hagan la prueba.

         Cuando terminé mi café, la temperatura había subido, y como me fui caminando a casita, transpiré un poquillo. Claro que no fue problema, porque mis boxer 100% algodón absorbieron todo sin problemas, que es lo que uno busca en la ropa interior. Cero humedad y cero olor ¿o no? Son buenos, pruébelos. Son marca Tais y los encuentra en Ripley. Yo compré un pack de dos unidades. El de ayer es negro. El otro, que aún no estreno, es rojo, pero rojo puto. Cuando se dé la ocasión, seguramente lo comentaré.

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