Una vez más, después de muchos días, pasé a tomar un café de máquina a un sucucho ubicado en una estación de Metro. Sentado en un taburete, frente al muro de cristal que me separa del mundo pero no de la realidad, me doy el tiempo para volver a mi centro, cualquiera que éste sea. Por momentos sólo me dedico a ver la gente pasar. Formas, tamaños, colores y edades diversas desfilan ante mí a toda velocidad, eludiendo la fila que se forma frente a la boletería del tren, reflejo de mundos personales y autistas que vagan por los auriculares de cada uno de sus dueños. Todos, sin excepción, están conectados a un reproductor de música, hablan por teléfono o juegan en él. A mi lado, van rotando los clientes que se detienen algunos momentos a comer un sándwich. A mis espaldas, el diálogo es casi mecánico. ¿pan de orégano? Sí ¿Más queso? No ¿Algún aliño? Sólo sal ¿Hielo en la bebida? Sí, dos. Me pregunto cómo después de ese intercambio verborreico alguien puede disfrutar vendiendo o consumiendo lo que debería ser un rico tentempié.
Aun cuando intento concentrarme en lo que pasa afuera, el ruido que hace un tipo a mi lado me distrae. Sin una razón aparente, arruga nerviosamente una y otra vez el envoltorio del sándwich que engulle sin darse una pausa siquiera. Está apurado, supongo. Me mira fijamente sin dejar de mascar, con el relleno chorreando por su barbilla. Lo miro sin querer mirarlo una vez más y no sé si entiende el mensaje o de verdad está apurado y se va. Dios atiende este local, me digo y sigo bebiendo mi café y pensando cómo le hago para seguir financiando mi existencia sin caer en el descalabro, porque aunque suene raro, el buen ánimo me acompaña. En mi teléfono entra una llamada que desconozco. Es una funcionaria de Movistar cuya voz lejana y con acento se confunde a la distancia con muchas otras que habitan un call center, intentando decirme que soy el elegido para recibir un estupendo beneficio por el que pago hace meses y por el cual me han llamado tres veces sólo en el día de hoy. Gracias, pero no; no merezco tal distinción. De un tiempo a esta parte la compañía en cuestión es una mierda, esa es la verdad. Estoy a la espera de un par de ofertas para ver qué hago. Quizás ese cambio también es necesario.
Los ringtones reggeatoneros que suenan en el local encienden mis alarmas y me hacen apurar el café. Un gordo descomunal que se sienta a un metro de mi, define todo. Es un energúmeno que libra una lucha cuerpo a cuerpo con su sandwich, salpicando los agregados y sorbeteando la bebida groseramente. Cuento hasta diez y me aguanto las ganas de decirle que coma como la gente, pues estoy seguro que no entendería. El eructo con que sella su estadía me da la razón. Intento una vez más comunicarme con una amiga. Ante el fracaso, me evado y me siento de verdad contento al recordar mi encuentro momentos antes con Camilo Torres, un baterista amigo. Por un tiempo dejamos de vernos y ahora último nos hemos topado con cierta frecuencia. De hecho, le pregunté por su último viaje a Bolivia. Orgulloso, sacó recortes de diario y me contó que viaja muy pronto a Costa Rica con toda su banda y familia. No ha cambiado nada, sigue igual el Camilo. Me da gusto saber que es exitoso en lo suyo. ¿No lo dije? Es endorser de Yamaha, y lo firman desde gringolandia. Notable. Iba a una reunión para definir la edición de sus clínicas en DVD. Me sorprendió que a pesar de los logros él piense que tiene que ganarle a la vida día a día. Destila nerviosismo, pasión y humildad, me digo y nos despedimos. Afuera, la gente sigue apurada, hablando, comiendo, Una chica guapa de vez en cuando rompe la monotonía de la fauna flaitonga y permite un respiro en el sofoco de esta ciudad que desmorona su historia con la excusa del progreso. Finalmente logro comunicarme con mi amiga. Santiago, su hijo, está enfermo y en una clínica. Todo bajo control, afortunadamente. Ya hablaremos en otra ocasión. Siempre hemos estado.


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