Deja que en medio de un páramo frío y solitario
te nombre hasta la náusea y me ahogue con tus ganas
que me sacan del calvario de no verte,
no tocarte, no sentirte en la mañana de mis días.
Invítame a una danza al compás de tus caderas,
llévame a la muerte eternamente y como siempre,
desde el centro de mi tierra;
no te calles nunca,
no me prives de tu voz, que más que voz
es el sonido de mi resurrección,
de mi redención, de mi propia renunciación…


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