La guillotina de lo
impío
pende sobre mi cabeza,
y mis ojos, aunque
cerrados
te buscan frente a lo
inevitable.
Mi corazón ya no
palpita,
mi vientre ya no gime
de hambre ni de
angustia,
mi voz, que más
parece un grito de Dios
hoy me redime
y me lleva al punto
sin retorno
de la angustia.
Hoy soy mi propio
verdugo,
el que purga mis
pecados,
el que esconde su
pasado
en el laberinto
de mis vísceras al
aire…

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