Dejemos que la lluvia
intermitente del ocaso
anegue nuestros rezos
olvidados,
nuestros sueños encriptados,
nuestros dedos
incrustados
en la carne
putrefacta del ayer…
Propongo que
olvidemos
lo que ayer dijeron
nuestras voces
lastimadas
por la revolución de
los sentidos;
propongo que
olvidemos
los alaridos que
nacieron
en la infancia
acongojada
de los sueños mal
paridos
una madrugada inerte.

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