La música popular:
una historicidad desde el lenguaje común
“…Queda lejos aquel mayo, queda
lejos Saint Denis,
qué lejos queda Jean Paul Sartre,
muy lejos aquel país;
sin embargo a veces pienso que al
final todo dio igual,
las hostias siguen cayendo sobre
quien habla de más.
Y siguen los mismos muertos
podridos de crueldad,
ahora mueren en Bosnia los que
morían en Vietnam…”
(“Papá, cuéntame otra vez”, Ismael Serrano)
Bosnia. Vietnam. Sabra y Shatila. ¿Podría ser “Israel - Gaza”
o el conflicto mapuche en el sur de Chile? Pienso que sí. Cuando el pueblo, la
gente común, aquella que es mayoría, habla, el discurso se transforma en una
simple canción que no pocas veces juega el rol de un estandarte que se yergue
ante el poder de turno, hablando desde el sentido común, el mismo que ha sido
silenciado desde siempre por las hegemonías oligárquicas, estableciendo
parámetros respecto de lo bello, lo políticamente correcto o lo “bien hecho”,
obviando el sustrato de fondo que conforma en verdad una base sólida sobre la
cual construir lo identitario, algo en lo cual pueda ese pueblo reconocerse sin
echar mano a la nostalgia o a la memoria. Al negar algo se le priva del valor
no sólo inmediato, sino de la tradición con la que carga, con la historia que
puede contar a través de su relato particular. En este punto, y aun cuando no
haya podido ser desarrollada, cobra particular importancia la teoría de Carlos
Vega, que define a la música popular como “la música de todos” (González, 2013:
111) y situándola a medio camino entre el folklore y lo académico.
El gran problema que representa la música popular para los
poderes enquistados –y ése tal vez represente su mayor mérito inagotable y
siempre renovable- es que se yergue como una verdadera crónica social y
atemporal, un nicho de denuncias que incomodan al siempre tan conspicuo establishment. Como además se nutre de
múltiples vertientes, posee recursos que son inabordables muchas veces en una
primera lectura. Un ejemplo de esto bien pudiera ser la canción “Anak” (“Niño”),
del cantante filipino Freddie Aguilar, que logra insertarse en el mainstream y llegar a una audiencia y
venta de millones de copias cantando en lengua nativa y desde ahí ejercer su
rol de opositor a la dictadura de Ferdinand Marcos. El poder de la melodía y de
lo armónico disfrazó un discurso y cautivó a la audiencia desde la industria. Un
cover realizado por el español Miguel Bosé en el año 1982 bajo el título “Hermano
mío” sería bastante más funcional a los mass
media con una letra un tanto polémica para una época en que todo debía
“hacerse bien”. Otro ejemplo en la misma línea, es la canción de Carlos Mejía
Godoy “Son tus perjúmenes mujer”. Reconocido
luchador de las causas populares en su natal Nicaragua, Mejía Godoy ingresa con
fuerza en las preferencias latinoamericanas de mediados de los ’70 con una
canción que reivindica la lengua náhuatl.
Siempre apostando por el habla campesina y escribiendo incluso desde el humor sobre
el sentir de un pueblo sometido a la dictadura de Anastasio Somoza, se instala en
la industria definitivamente –aunque en un segundo plano, desde la autoría- al
ganar el Festival OTI en el año 1977 con la canción “Quincho barrilete”, la
historia de un niño lustrabotas como tantos existentes en una Latinoamérica
pobre en economía y rica en recursos culturales.
Con esto quiero plantear que lo popular tiene múltiples
recursos identitarios que traspasan las fronteras geográficas, y rescatar sus
tradiciones orales y/o escritas, constituye al parecer un leit motiv de su lucha ante el poder oscuro e inquisidor. Cuando
esto no sucede, vale decir, cuando no hay dictaduras ni regímenes totalitarios
de por medio, la música popular recurre a la experimentación de lo sonoro y la
lírica para buscar entonces una identidad desde la propuesta. En ese sentido, creo que no hay conflicto
mayor ni real entre la llamada música docta o culta, y la popular; al menos en
términos de conjugar ambos lenguajes desde la praxis. Ejemplos hay muchos, y no
solamente los que dan cuenta de esa simbiosis en el formato canción. Los
grandes interesados en escindir ambos mundos son más bien aquellos grupos que
pretenden ser los herederos de una tradición europea que en Latinoamérica no
tiene mayor sustento. Ese clasismo solapado existente en nuestra sociedad
latinoamericana se aferra a los viejos paradigmas para insistir con una
estructura social donde el poder económico se instala como el verdadero
parámetro de distinción. “Chulos”, “chusma”, “rotos”, “cholos”; términos todos
que en el fondo sólo denostan a una clase que tiene un discurso propio y en el
que muchos temen reconocerse, acaso obviando un “enfrentamiento social oculto”
(Sans – López Cano: 2011, 10). La música, simplemente habla por ellos y es
labor de la llamada “nueva musicología” desentrañar su discurso y posibilitar
una “nueva escucha” del discurso popular. Los elementos están dados y el
escenario es propicio, como preciso es entregar las herramientas para entender
una problemática social y política que se enfrenta al poder bajo diversas
formas musicales. Es cierto, no podemos obviar que musicalmente el análisis se
remitirá muy probablemente a “tónica y dominante”, y eso no es precisamente
docto ni elaborado. Mucho menos europeo. Pero he ahí su gran valor: es una
propuesta desde lo ontológico como continente. Crea identidad a partir de la
diferencia.
¿Es la abolición de lo establecido una solución? ¿Es posible
el derrumbe de un canon? Probablemente no. Entonces ¿desde dónde podría venir
la validación de lo popular? Si hasta el momento el juicio de valor ha derivado
“principalmente de la música culta o erudita”, según Felipe Trotta (Sans –
López Cano: 2011, 19), claramente debemos pensar en otro espacio. En ese
contexto, conviene plantear una redefinición del rol de la musicología
contemporánea, independiente del poder de turno. En palabras de Gabriel Castillo
Fadic, ésta “debiera tener un enfoque científico, y en consecuencia, ser
rigurosa y metodológica” (Castillo, 1998: 25)
“Sucias, degradadas y degradantes” (Sans – López Cano: 2011,
16), son conceptos que sólo entre comillas se pueden contextualizar y tratar de
entender que al parecer dichos términos adjetivan gratuitamente la creación
popular, llegando a considerarla un “producto comercial que reflejaría el mal
gusto de las clases indecentes” (Sans – López Cano: 2011, 16). Sin embargo este producto es masivo, lo que
eventualmente vendría a categorizar a gran parte de la población
latinoamericana. Lo de masivo no es menor, pues junto a la mediatización y el
hecho de constituir una moda son características inherentes a la música
popular. Si nos hacemos eco de lo que el mundo docto dice en relación a que lo
popular no amerita estudio por ser “algo concebido como entretención y que sólo
apela al cuerpo” (González, 1999: 40), tendremos otro elemento a considerar: la
performatividad de la que hace gala toda música popular, y con ello, el baile,
acción que puede presentar múltiples denotaciones que alcanzan incluso lo
sexual, elemento que siempre ha puesto nervioso al orden establecido. En
efecto, tal como consigna Omar Corrado, “en las músicas menores [populares],
fuera del canon, el placer tiene signo positivo, resiste la hegemonía de la
razón estructural” (Corrado, 2005: 28). Por otra parte, no podemos obviar que
la danza en tanto fenómeno social es un claro agente revelador de mentalidades
y sensibilidades. Aquí cobran importancia las palabras de Jacques Attali,
cuando plantea que “el mundo no se lee, se escucha, y desde la sensibilidad más
que de la razón” (González – Rolle: 2007, 33); por tanto, el análisis que requiere la música
popular es posible abordarlo con plenitud desde el proceso de producción
musical. Y específicamente desde la grabación. El hecho de manipular las pistas
grabadas y desarmar el “original” nos hace relacionar este simple hecho con el
concepto benjaminiano de la “pérdida del aura”. Más aún si consideramos la
reproducción de una canción y su consiguiente masificación. Ni pensar en lo que
puede suceder con ese “original” al momento de versionarlo. Lo menos que se
puede esperar es una multiplicidad de lecturas y denotaciones. Dos ejemplos claros
provenientes del mundo anglosajón: “With a little help from my friends” original de The Beatles e interpretada
por Joe Cocker, y la festiva “Rock’n roll all nite” de la banda Kiss, originalmente en tempo de rock y 4/4, que muta
dramáticamente a balada acústica en 6/8 en la voz de Toad wet Procket. En el
plano local, interesante es el aporte de la nuevaolera Cecilia para “Gracias a
la vida” de Violeta Parra, y a nivel
latinoamericano las múltiples versiones para “Canción con todos” de César
Isella y Armando Tejada Gómez.
Si atendemos a lo que sensatamente plantea José Antonio
Robles en relación a que la velocidad de cambio de la música popular “impediría
tomarle una buena foto” (González, 1999: 39) y eso lo vemos como un problema, la
solución estaría en considerar que las distintas formas de producción musical
permiten “fijar la imagen” de la música popular aunque esté en continuo
movimiento. Y esto, por cuanto es un
hecho el posicionamiento definitivo del sonido grabado como vehículo de
comunicación y redefinición de la tradición musical al punto –en palabras de
Carlos Rojas-, “de sustituir a la escritura” (González, 1999:39).
Como vemos, la discusión debe darse en un contexto que
permita entender a cabalidad y desde una interdisciplinariedadel fenómeno de la
música popular en el entendido que el canon o lo establecido es según Kermode,
una “construcción estratégica por la cual las sociedades preservan sus propios
intereses” (Corrado, 2005: 18) y en ese sentido corresponde crear un nuevo
espacio de debate, distinto al existente, espacio al que deben contribuir los
propios autores e intérpretes. En ese contexto, por ejemplo, podemos entender la
labor del guitarrista argentino Tito Francia, gran artífice del llamado Nuevo
Cancionero argentino, el que promovía “la existencia de varias identidades y el
derrumbe de las fronteras en pos de la integración de géneros y cancioneros”
(García, 1999: 359). Su propia obra, que transita entre lo popular –con un
fuerte arraigo en el jazz- y lo docto –poemas sinfónicos, piezas para guitarra
y piano entre otros- parece confirmar esta premisa.
En el ámbito nacional, surge a fines de los años ’70 una
figura que dará que hablar en la década siguiente: Nino García. Con una
formación autodidacta, incursionará tanto en la canción como en el gran
formato, donde dará a luz sonatas, piezas para piano y sinfonías donde se
mezclan giros del folklore chileno y latinoamericano con las clásicas
estructuras europeas. Nuevamente surge la pregunta: ¿cómo abordar tal hidridaje
si no es desde un nuevo pensamiento crítico que valore en su totalidad dicha
creación? Quizás -sólo quizás- si hubiera existido ese espacio donde acoger y
entender su música, García aún estaría componiendo. Una banda local -Compañero
de Viajes-, nacida en una facultad de artes en la década de los ’80, creó el
“ragguma”, mezcla de cumbia y reggae que tuvo corta existencia por falta de
espacios. Y he ahí un nuevo rol que debe asumir la nueva musicología: presentar
en sociedad y acompañar por un tiempo a las nuevas formas de entender lo
popular.

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