“…Ha comenzado a llover sin que
Luciano siquiera se dé cuenta de ello. Son los autos que a momentos pasan los
que acusan en el asfalto mojado la persistencia de la lluvia. La temperatura ha
bajado hasta empañar los ventanales, pero eso no es obstáculo para que Luciano
vea a través de ellos a un niño que corre por la calle de un lado a otro detrás
de un aro. A metros de él, con las manos en jarra, lo observa complacido el que
debe ser su padre. Es él quien se encarga de hacer correr el aro para que el
pequeño intente alcanzarlo y lo traiga de vuelta junto con los carrerones del
perro que juega y se atraviesa en el camino. Por momentos la escena se oculta
tras los micros que circulan por la calle. Luciano cree que los ruidos llegan
hasta él como de rebote, con un suave delay que quizás es el aporte de los
ventanales que lo separan de los acontecimientos. Cuando dejan de pasar los
micros y los autos, puede ver que un muchacho joven reprende al pequeño y
apunta de empujones lo lleva de vuelta. A pesar de oponer resistencia y llorar
desconsoladamente porque su aro y el perro que levanta las orejas en señal de
alerta han quedado abandonados, no logra convencer al muchacho que no ceja en
su esfuerzo. Todo termina cuando llegan al punto donde se encuentra el padre,
que ha permanecido inmóvil en su puesto y sólo se ha permitido fruncir el ceño
para reprender al adolescente, iniciándose una discusión mientras el pequeño se
aferra a las piernas del papá y luego secándose las lágrimas y sin siquiera
hablar lo convence de recuperar su aro y el perro, mientras a Luciano lo
envuelve un frío que jamás sintió y que el abrazo de la Tammy logra aplacar.
Sin querer se había despertado, y ahí está, convenciéndolo para que salgan a
caminar bajo la lluvia como tantas veces. Luciano acepta sin vacilar pues está
seguro que en cuanto le dé el aire se sentirá mejor...”

No hay comentarios:
Publicar un comentario