En los últimos días –y principalmente debido a
la realización del último Festival de Viña del Mar- ha sido prácticamente
imposible abstraerme de los comentarios emitidos en relación a algunos artistas
que participaron del evento en cuestión. Sin embargo, ha llamado mi atención
que un alto grado de intolerancia –rayano en un casi fundamentalismo- provenga
precisamente de gente ligada a algún “quehacer artístico”. Principalmente he
reparado en sentencias tales como “el reggaeton no es música” o “lo de Javiera
Mena no es música porque está todo grabado”.
Debo señalar que personalmente prefiero los
sonidos nobles, de viejo cuño; y que en general –quizás por un tema
generacional incluso- al momento de pensar en hacer música, siempre recurro a
mis nobles guitarras. No encuentro en los sonidos tecnificados la energía que
yo busco en la música, aunque eso no signifique que no los considere. Pero ese
es un tema personal. No obstante, siempre estoy escuchando cosas nuevas
principalmente porque me interesa aprender y porque estar dando vueltas siempre
sobre lo mismo, me parece una soberana lata y poco productivo. Open mind, que
le llaman.
En relación al mentado reggaeton, debo decir
que no es una música de mi gusto, que puedo escuchar a lo sumo tres canciones
seguidas, pero que puedo entender el contexto en el que se desarrolla. Alfredo
Espinoza, el fallecido y denominado “Charlie Parker Chileno” por ser un
virtuoso del saxo y cuyo solos se estudian en prestigiosas escuelas de jazz en
Francia, señaló en un momento que el reggaeton “es transmisión de la palabra”.
Menudo problema nos dejó para escudriñar este músico que seguro sabía de qué
estaba hablando.
Para ver otra perspectiva de este ritmo tan
aborrecido por muchos, sugiero la escucha de “El bayón (o baiao) de Ana”, pieza
grabada entre otros por Dámaso Pérez Prado hace más de cincuenta años, y que
alude a una danza popular originaria del nordeste de Brasil, región marcada por
estar en la marginalidad en varios aspectos. Se entiende la idea ¿no? Sin ir
más lejos, en la primera versión del Festival Rock in Río -a mediados de los
años 80- la rockera Rita Lee aludiendo al bizarro acto de Ozzy Osbourne en que
éste devora un murciélago, señaló que en la determinada zona “lo que se come
mesmo son las ratas y lagartos”, refiriéndose a la sempiterna pobreza de la
región. La(s) pregunta(s) surge(n) entonces casi de inmediato ¿puede no tener
musicalidad algo filtrado por el país más musical de este hemisferio? ¿De qué
es representativa una música nacida en ese contexto?
Respecto de Javiera Mena, anoche pude ver su
performance en la jornada de cierre del citado festival. Lo primero que pensé,
es que si algo tiene esta chica, es consecuencia con sus convicciones
estético-musicales. Esto, por cuanto la primera vez que la escuché –hace ya 22
años- su música remitía principalmente a teclados y cajas de ritmo. Su actuación
en Viña del Mar me pareció adecuada y atingente al show de televisión en que se
estaba presentando. Claramente no tiene una gran voz, pero ese es una licencia
que está permitida en la llamada música popular, si no que lo digan Fernando
Ubiergo, Florcita Motuda o Jorge González, por nombrar a tres grandes que han
llegado a ser ídolos en este país.
En relación a que toda su música está hecha
mediante programas y computadores varios - ¡oh, tamaña aberración! – y que esta
instancia privaría al fenómeno musical de su carácter aurático, sólo puedo
pensar que quien sostiene algo como eso no entiende en absoluto la forma en cómo
se ha desarrollado la industria musical y discográfica en todo el mundo a
partir de la segunda mitad del siglo XX, y lo gravitacional del trabajo
realizado por bandas y músicos como Kraftwerk, Jean Michel Jarré, Depeche Mode,
y el japonés Isao Tomita, por nombrar sólo a algunos. Eso, sin considerar la
revolución planteada por el pianista canadiense Glenn Gould al abandonar en el
auge de su carrera los conciertos en vivo y abocarse al trabajo en estudio. En
el plano local, dos discos que redefinirían el pop de los 80 y 90 – Pateando Piedras y Corazones, ambos de Los Prisioneros- fueron concebidos, compuestos
y producidos desde la tecnología del momento.
Hace unos días posteé en una red social que me
asombraba lo fascista y panóptico que se ha vuelto este país (¿resabio
dictatorial, acaso?). Lo dije precisamente en relación a que estamos cada vez
menos tolerante a lo diferente o lo que no nos gusta y llenándonos de cámaras
de vigilancia, permitiendo que aflore peligrosamente ese pequeño führer que
todos llevamos dentro, y que sataniza la diferencia sin reparar desde dónde
surge, olvidando que precisamente lo diferente permite entre otras cosas,
construir identidad. Más allá de bajar la cortina y caer en la descalificación
ante aquello que no satisface los gustos personales, creo necesario tomar
distancia y darle una vuelta de tuerca a los nuevos sonidos y al mensaje
implícito en ellos. Hoy más que nunca y principalmente por las vías en que nace
y se desarrolla, la música amerita más de una lectura. O escucha.

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