Ficha técnica
“Mi Nueva Canción Chilena, Al pueblo lo que es del pueblo”
Ángel Parra (2016)
Editorial Catalonia
133 páginas
Resulta evidente que siempre será
interesante conocer la historia de un determinado movimiento artístico desde
adentro, en la voz de alguno de sus protagonistas. Sin embargo, en “Mi Nueva Canción Chilena” –texto fechado en julio del presente año en París- esa premisa
aparece trastocada por el tono en que su autor asume esta empresa. En efecto,
bien podría definirse la última publicación de Ángel Parra como una respuesta
de 133 páginas a una pregunta imaginaria e imposible de hacer en la práctica.
Escrito en primera persona y en un tono amigable y cercano –uno de los
objetivos del autor-, leer “Mi Nueva Canción Chilena” es entrar en un diálogo ameno
y emotivo con quien narra la historia, narración que no está exenta de
preguntas que el propio autor se plantea como un interesante hilo conductor. Si
el lector pretende encontrar secretos de bambalinas o algún sabroso cotilleo,
prontamente debe abandonar dicha instancia, pues a poco andar Ángel Parra deja
en claro a qué se refiere con “su Nueva Canción Chilena”, que no es otra que su
mundo, su “cosmogonía” y sus motivaciones para llegar a convertirse en un
cantor popular. Ciertamente define las aristas que en definitiva toca este
movimiento con profundo sentido americanista cuando señala que se hace cargo de
las innumerables gestas de los trabajadores del continente, y otorga incluso un
lugar destacado al papel del sentido onírico que motivó muchas canciones, entre
ellas “Las cuecas de Valparaíso”. Señala así mismo, las herramientas y recursos
con que el movimiento de la Nueva Canción Chilena pretendía luchar por una
sociedad más justa y establece su propia e interesante concepción de la cultura
cuando señala que “todo lo aprendido en el camino de la vida es cultura.
Saludar con un respetuoso “Buenos días vecino” o saber si va a llover
interpretando las nubes” (pág. 43).
En esta verdadera declaración de
principios que el autor acompaña de abundante material gráfico y textos escogidos de
su producción discográfica, no deja fuera el humor y reconoce ser parte de una
generación “machista-leninista” con el mismo ímpetu que alude al pacifismo del
movimiento reflejado en la conocida frase de Salvador Allende “No se quebró ni
un vaso”, refiriéndose a la civilidad de sus partidarios. Señala igualmente la
importancia que tuvo la palabra “construir” para la Nueva Canción Chilena y
cómo en su aprendizaje musical jugaron un papel determinante figuras tan
diversas como su madre Violeta, “el Tata Isaías” o el propio Atahualpa
Yupanqui.
A través de 17 breves capítulos
que llevan por título una suerte de pequeñas sentencias que simulan pistas a
seguir, Ángel Parra nos informa además, de la relación que tuvo con los
escritores Pablo Neruda, Manuel Rojas y Fernando Alegría y destaca la
importancia de la oralidad y la tradición en su formación como cantor, en la
que resalta el trabajo realizado junto a su madre y su hermana Isabel. Pausa y
un nuevo toque de distensión cuando pide “avisen si se están aburriendo con mi
relato” (pág. 88). Y es que el autor deja traslucir en todo momento lo aprendido
en tantos años de carrera, su compromiso con la canción política y su paso por
el campo de prisioneros Chacabuco poco después del golpe militar de septiembre
de 1973. Desborda igualmente por la banda –para utilizar un término
futbolístico- y sorprende contando sus vivencias junto a los cineastas Miguel
Littin y Raúl Ruiz.
La sensibilidad de Parra se hace
evidente a cada momento, y si ya en el cuarto capítulo -“El último tango de
Allende”- sorprende al lector con la emotiva carta que escribiera a Víctor Jara
en París, en diciembre de 1987 o relata su experiencia de cantor en un jardín
infantil, en “Regreso a casa” saca un as de debajo de la manga e instala una de
las declaraciones más bellas y sentidas del libro para referirse al alma mater
del movimiento: “Violeta Parra saca la cortina de la ventana que no nos dejaba
ver ni oír la auténtica música chilena. Luego haría las bellas arpilleras con
las mismas cortinas”. Sencillamente notable.
Finalmente uno concluye el texto
agradeciendo que se hable de un movimiento tan importante en la música popular
chilena (MPC) con una voz que no apela a lo anecdótico. “Mi Nueva Canción
Chilena” se instala de hecho como su propio parámetro, desde la reflexión y con
un tono cercano que simula sin remilgos una conversación con su autor en el
patio o el living de su casa; conversación que finalmente el autor flanquea básicamente
a partir de tres conceptos: música, historia y política. Ésa es su (la)
verdadera Nueva Canción.
ArayaAlfaro
Musicólogo UAH


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