Hace un par de meses me enteré casi por casualidad de la muerte del Tequila Bar, lugar que por muchos años tuvo un especial significado para todos quienes hicimos de él nuestro centro de operaciones. Emplazado en el 040 de la avenida Irarrázaval, frente a otros dos clásicos –la extinta Boite La Sirena y la Librería El Sol- este bar y fuente de soda –a pesar de su privilegiada ubicación- no supo o no pudo hacer frente a las exigencias del mercado una vez muerto su dueño, el Sr. Iribarren, a quien recuerdo haber visto cuando me hice cliente, el año
El Tequila Bar resultaba ser un
paradero obligado para almorzar bien, rico y barato y para despercudirse la
modorra post trabajo con una buena cerveza acompañada de –como siempre dijimos
sus parroquianos- los mejores sándwiches preparados por la mano ágil y experta
del Pedro, garzón que según entiendo, no sólo apagó la luz sino que también
sobrevivió al cierre del local. Recuerdo que con el entusiasmo que comenzaba a
apoderarse de la plebe con el Mundial de Francia 98, resultaba propicio -y hasta necesario- compartir hasta bien tarde en la noche. Incontables resultaron
las veces en que salimos borrados y afirmándonos de nuestros maletines con el
grupo que frecuentábamos a diario. Sin alardear, puedo decir que llegamos a ser
de la casa. Tanto, que en uno de sus salones lancé Demisec, mi primer libro, el 11 de septiembre del 2004. Día sábado.
Súper visionario yo. Lleno total. También me las di de productor y llevé a
tocar varias veces a Capital, banda de rock gótico. No ganamos ni uno, pero la
pasamos genial y sin querer abrimos el espacio para las numerosas jornadas de
cuenta-cuentos y una que otra pequeña performance teatral promocionadas por
Mauricio, el menor de los hermanos.
Llegó a tener su nombre el Tequila
Bar, o como dicen ahora los siúticos, marcar tendencia. En sus mesas recuerdo
haber visto al actor Luis Dubó y a un boxeador de capa caída –Víctor Nilo- que
prometía constantemente “vuelvo al ring, vuelvo al ring”, pero que en realidad
cada vez que nos encontrábamos pedía una moneda para volver a su casa, en
Talagantito. También sirvió de locación para una entrevista a Javiera Parra
publicada en la revista Paula.
Infaltables también eran –éramos- los vendedores de
diversos rubros. Recuerdo en particular a uno de una editorial jurídica
–exitoso él y bueno pa los jales como todo buen vendedor- y a don Fernando -vendedor de literatura clásica latinoamericana- siempre sentado frente a una caña de tinto acompañado de su soledad y la miseria
con la que vivía en una pieza en los altos de una casona cercana también
desaparecida. Y qué decir de los
cantores de micro, entre los que destacaba un charanguista, hoy voz principal
de Los Jaivas.
Todo lentamente se fue al carajo. O
simplemente todo cambió. Lejos quedaron las infaltables conversaciones con el
Queno las noches de sábado, solos los dos en la barra, recordando a las
estrellas que en plena dictadura cruzaban la calle para comer y tomar algo en su
local. Uno de sus clientes era Tony Ronald, el holandés nacionalizado español
que en los años 70 había inscrito varias canciones en los rankings internacionales.
Créalo, hay una foto que así lo demuestra. También en esas mesas se fraguó la
traída de la banda norteamericana KC and the Sunshine Band por primera vez el
año 1980.
El boom inmobiliario y su slogan de “renovación
urbana” –creo- le hicieron mal al Tequila Bar como a toda la historia
arquitectónica de Santiago Centro. En el mismo sector también sucumbieron el
Hotel Valdivia, una sucursal del Banco Estado y el depósito de vajilla ubicado
en la avenida Bustamante. Por otros motivos, también sucumbieron la Cindy y el
Jurel, dos de los narcos más recurrentes de la cuadra. Muchos de los que
frecuentábamos el Tequila cambiamos nuestros rumbos y recalamos en otros
lugares o simplemente en ninguno y nos fuimos pa la casa.
La última vez que pasé a tomar una cerveza y un
sour –mi menú básico junto al consabido barros luco- el Queno señaló que estaba
cansado, que quería literalmente bajar la cortina y no volver a subirla.
Mauricio –el Mauri, el menor del clan- al parecer se perdió definitivamente en
la nebulosa de su atormentada psiquis y ahora mira el partido desde la banca.
Yo también –en un proceso tan natural como necesario- me fui…y demasiado lejos
como para poder volver…Bye Tequila Bar…con todo, eres -fuiste- parte de mi espirálica y
vertiginosa historia…


No hay comentarios:
Publicar un comentario