Recuerdo haber visto el video que
acompaña a esta nota hace poco más de diez años, y en este mismo muro, haberme
referido a Zalo Reyes como un verdadero Terminator de la música popular, porque
a pesar de ese casi literal desmembramiento y transformación que estaba sufriendo
su cuerpo a causa de su enfermedad, seguía dando la pelea desde donde mejor
sabía hacerlo: cantar. Aunque quizás sería mucho más justo hablar de “performar”,
sobre todo considerando que él mismo constituía una puesta en escena, un acto
difícil de igualar por cuanto establecía sus propios parámetros. “Soy terrible
actor”, diría una vez. Y quizás lo demuestre ese gesto de manos cruzadas frente a su rostro, una
marca registrada que inmortalizó y que sólo a él le queda bien, cuando con su
boca que a esas alturas es más bien una mueca que se aferra a un rostro caído, confiesa
que está acorralado entre sus lágrimas.
Pero ahí está Zalo Reyes, el Zalo
que se emociona con el aplauso genuino de su gente que simplemente lo idolatra
porque es de verdad y cercano. Porque no tuvo empacho en preguntarse en la
televisión milica de los ochenta, en un estelar, qué hacía ahí “un negrito como
yo, con chasquilla de cuma”, para luego dar vuelta el partido y –más tranquilo-
señalar que se había dado cuenta que las cámaras “son las mismas del Festival
de la Una no más”, programa emitido a mediodía por Televisión Nacional y donde
era el rey.
Sin embargo, y quizás Zalo Reyes
nunca estuvo tan consciente de ello a pesar de reconocerse en sus antecesores,
su importancia radica en que está ubicado en un punto exacto de nuestra música,
y en particular de la canción romántica, que lo hace el continuador natural
pero en formato solista de los exponentes de la vilipendiada cebolla
electrónica como Los Ángeles Negros, Los Galos, Capablanca y Los Golpes. Surgido
desde la figura del crooner y
fogueado en múltiples escenarios populares, después de un breve período como
Naum supo llevar la estigmatizada “canción cebolla” a la televisión y al
Festival de Viña del Mar, espacio que le fuera negado incluso a Los Ángeles
Negros simplemente porque su música era “de mal gusto”. Zalo Reyes instala el
sonido AM –con sonido de quinta de recreo como despectivamente señaló un
periodista- en un Chile pueblerino que comenzaba a creerse megápolis de la mano
de las radios de frecuencia modulada y las tarjetas de crédito.
Dueño de un carisma y un discurso a prueba de balas traspasó las fronteras etarias para ser reconocido por las nuevas generaciones, que lo transformaron en un cantante de culto con ribetes kitsch, y a partir de ello en un constructo con visos estéticos indesmentibles. Y consciente de lo que ha entregado y de quién es, se aisló para seguir peleando con su enfermedad, no bajar los brazos ni de los escenarios, y continuar de esta forma su camino a ser una leyenda viva sin nunca dejar de agradecer el cariño del público que lo ha seguido por décadas.
El momento final del video lo retrata fielmente: su banda –todos músicos jóvenes- lo despide con besos y abrazos, el público lo aplaude de pie, y él –emocionado- versiona su gesto típico, esta vez cruzando sus muletas como un acto de defensa pero a la vez exhibiendo brutalmente lo vulnerable que puede llegar a ser un auténtico ídolo popular.
A estas alturas me convenzo más que nunca de lo que dije hace diez años desde el estómago: Zalo Reyes es un Terminator, un grosso, uno de aquéllos. Sólo que no tuvo la oportunidad de una segunda o tercera vida para mejorar su propio guión. Eso sólo pasa en el cine, donde todo es de mentira. Y haber sido de verdad permite decir hoy simplemente que ha partido uno de los más grandes de nuestra música.

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