(Im)par de zapatos
(basado en dos historias reales)
Soy disciplinado no por obra y
gracia de Dios, sino por obra y gracia de mi viejo ¡Qué tipo más riguroso! Y
todo a partir de sus carencias de niño. Alguna vez me confesó que nunca había
tenido un juguete, y que los zapatos habían llegado entrada su infancia. De
hecho constituían una suerte de fetiche para él y siempre debían lucir
impecables. Los propios y ajenos. De niño había trabajado de lustrabotas y a menudo admiraba y
deseaba los zapatos que afanosamente lustraba.
Cuando llegaba del colegio, debía dejar los míos lustrados para el día siguiente antes de sentarme a la mesa. No había concesiones en ello. Quizás por eso siempre nos compró lo mejor. Era otra forma de mostrarnos la belleza a la que él no había podido acceder. Pasó el tiempo y nunca olvidé esas lecciones. Mis zapatos siempre limpios era la consigna. Y uno hace planes, siempre hace planes. El problema es que el destino también.
Más de una vez –y por mucho tiempo- jugué en la liga que nunca hubiera imaginado ni querido: el de la inopia obligada y lacerante. Recién había terminado el pre grado y pololos mediante lograba sostenerme mientras recorría Santiago entrevistando a quienes pondría luego en una biblioteca. Los inviernos eran de verdad, lluviosos, no como los de ahora, y vivía buscando diarios para secar mi único par de zapatos –zapatillas en realidad- para volver al trajín apenas pudiera. Muchas veces sentí pena por mi situación. También vergüenza. Debe haber pocas cosas más tristes y vergonzosas que caminar la vida con zapatos rotos. Pero nunca aflojé, y –literalmente- seguí caminando, sin vacilar, aunque el frío se colara por el agujero de turno y la lluvia me mojara hasta el alma para abandonarme convertida en llanto.
Eso, hasta que un día recordé una
clase de Estética donde analizábamos la escena de “The Gold Rush” en que Chaplin
imagina que los cordones de un viejo zapato son un suculento plato de tallarines.
La imaginación fue la salvación a partir de entonces y me permitió volar y
salir del punto neurálgico y doloroso que habité por mucho tiempo. La imaginación y el humor, el nunca dejar de reír.
*****
Hoy algo ha cambiado. Sólo algo: lo relacionado con los zapatos, pues intenta siempre calzar de los buenos -ni siquiera mejores- para que le permitan seguir en ese camino largo y culebrero. Lo demás poco y nada cuenta. Lo importante -y lo repite cada vez que puede como un mantra- es moverse, imaginar un camino si no lo encuentra y caminarlo hasta que se canse. Sí, hasta que se canse; no hasta que le duelan los pies por el frío, el calor, el agua, los años que carga o la pobreza que lo acompaña como si fuera una condena o un triste remedo de príncipe consorte.


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