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lunes, 13 de febrero de 2023






¿ALGUIEN HA VISTO UN PAYASO 
POR AQUÍ?




 

“Más de alguien había preguntado por él, y la verdad es que -a esas alturas- yo también lo estaba extrañando, pero sinceramente no sabía dónde encontrarlo, o peor aún, dónde comenzar a buscarlo...”

 

Ocurrió una de estas madrugadas. Desperté con un ruido extraño que venía de los pies de mi cama. Al levantarme me di cuenta que no era otra cosa que un baúl donde guardo algunas cosas que siempre traslado al cambiarme de casa. Con más sorpresa que miedo intenté abrirlo, pero estaba un poco trabado. Insistí hasta que cedió suavemente. Reconocí de inmediato su traje, así que pregunté qué hacía ahí. 

“Estoy escondido...” respondió. 

Le comenté que algunas personas ya lo estaban extrañando, pues hacía rato no mostraba su show, y que hasta yo estaba sorprendido por ello. Dijo que tenía miedo, que estaba asustado, que su última actuación había sido para él la más importante y que el público había pagado sólo con pifias.

Como no entendía de qué estaba hablando lo invité a salir del baúl, pero sólo permitió que abriera un poco más el escondite en cuestión, así que me dispuse -en cuclillas- a iniciar un diálogo que me llevara a alguna parte. Pude percatarme de que su traje estaba completamente destrozado. Apenado, pero tratando de bromear y de animarlo un poco, pregunté si había actuado en medio de un partido de esos que llaman de alto riesgo. Respondió simplemente que no.

- Entonces ¿quién hizo esto?

- El público... - dijo.

- ¿Todo el público te hizo esto?

- No, sólo parte de él...

Traté de convencerlo de algunas cosas, y prometió hacer un esfuerzo para entenderlas. Le dije también que existía gente que apreciaba su espectáculo y que reían de verdad con él, que tal vez había mostrado su acto a las personas equivocadas; que eso solía ocurrir y que en cierta forma estaba mal, que buscara su público porque con seguridad lo tenía. Él sólo lloraba con la cabeza gacha. En un momento me abrazó y me pidió que nunca nos separáramos. “Vale...”, pude decir por toda respuesta. Nos paramos, así abrazados, hasta darnos cuenta que somos de la misma estatura, detalle en el que yo nunca había reparado. Hubo algo sí que no terminó de sorprenderme en mucho tiempo: las lágrimas habían lavado su rostro, corriendo prácticamente todo el maquillaje, dejando al descubierto la cara de un niño.

Más tranquilo, fue capaz de sonreír brevemente, para luego pedirme con un poco de vergüenza, aguja e hilo.

- Quiero coser mi traje...

- ¿Compremos otro?- propuse...

- No, éste es el mío... - contestó, resuelto.

Le pregunté si tenía maquillaje y dijo que sí. Finalmente pedí -casi rogué- que volviera con su show.

- Vas a ser bien recibido- aseguré, no muy convencido.

- Voy a volver, pero ahora voy a escoger el público- señaló y cerró el baúl. Desde el interior gritó: “¡Que tengan un poquito de paciencia, por favor...!”

La verdad es que nunca más volvió; yo al menos no lo he vuelto a ver. Sólo sé que existe porque todavía siento -muy de vez en cuando- el mismo ruido que me despertó aquella madrugada.


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