Damnatio memoriae (la
condena al olvido)
Hace un par de días el modo random de youtube reprodujo un
testimonio del programa del lenguaraz Rumpy, que dejé correr porque funcionaba
más bien como cortina a lo que estaba haciendo en ese minuto. A los pocos
segundos presté atención, dado el tono del testimonio: un profesor se había
liado con una alumna. Un clásico donde los haya, para qué estamos con cosas. Sin
embargo, el contexto en el que se instala una situación como ésa –y narrado en
primera persona- resultó ser macabro y perverso, y trasunta la mera calentura,
pues lo que podría haber sido un “touch and go” se transformó en una relación
avalada por un sistema educacional que literalmente no sólo propicia un delito,
sino también resulta permisivo con la relación “profe - apoderado/a”, con el
sólo objetivo de que el alumno o alumna de marras pase de curso. Incluso el
testimonio señala que en “esos colegios, de la periferia” la relación entre
profesor y alumna es visto como una señal de estatus, un motivo para jactarse
ante sus pares, llegando incluso a la práctica de evaluar con notas deficientes
durante el año para llegar al arreglo correspondiente al finalizar el período
escolar. Esto sucede en colegios con pomposos nombres en inglés donde los estudiantes
egresan evidentemente sin ser bilingües y se trabaja en función del famoso SIMCE, donde
lo que importa son los números para seguir ganando las lucas que corroen un
sistema que sume cada vez más en la ignorancia a un estrato social por
definición vulnerable y que el modelo transforma en “aspiracional”,
creyendo ver en la universidad la continuación de “los doce juegos” a los que
alude Jorge González en “El baile de los que sobran”; universidad a la ingresan
–me consta- muchas veces sin ser capaces de redactar un brevísimo informe de
una página. Hoy todo tiene un precio –no un valor- que todos, sin excepción,
pueden pagar.
En contrapartida, ayer vi el documental “Destruir el legado
cultural para borrar la Historia”, interesante revisión de la destrucción de
diversas estatuas y esculturas a través del tiempo, con especial énfasis en lo
sucedido en los últimos años en Afganistán desde el control asumido por los
talibanes. Surge entonces el término damnatio
memoriae, acuñado durante el Imperio Romano y que literalmente alude a la “condena
de la memoria”, es decir, condenar el recuerdo de un sujeto que pasa a ser
enemigo del Estado. Destruir un
testimonio es borrar la existencia de una cultura, de una memoria colectiva, pareciera
ser el consenso finalmente, y de eso existe plena consciencia a nivel mundial y
puntualmente de los investigadores entrevistados (del Museo Ciudadela Spandau
de Berlín, Museo Islámico de Berlín y el Instituto Arqueológico Alemán, entre
otros) al punto de considerar la destrucción del legado cultural como “crímenes
de guerra”.
Algo similar sucedió en Chile post golpe militar con todo
cuanto tuviera relación o hiciera referencia al gobierno de la Unidad Popular
liderado por Salvador Allende, incluyendo la sonoridad de los instrumentos
andinos. De ahí la importancia del muralismo, las acciones de arte, la
literatura de Lemebel o Germán Marín, o movimientos como el jazz fusión o el
Canto Nuevo, surgidos a mediados de los años 70 en precarias condiciones, pues cumplieron
un rol pedagógico y entregaron una memoria desde la música, las letras o las
imágenes a quienes habían crecido huérfanos de una memoria inmediata.
Entonces la pregunta es casi obvia ¿escucharían las nuevas
generaciones sólo reggeatón –opción válida por cierto pero cuestionada por
diversos motivos- si hubieran crecido conectadas con nuestra Historia y nuestra
música? ¿Alguien se ha preguntado seriamente –dejando de lado los inevitables
prejuicios estéticos y musicales- qué implica escuchar reggeaton, trap o cumbia
villera? ¿No será que las nuevas generaciones sólo pueden captar mensajes de
una simpleza abismante precisamente por lo que plantea el testimonio del
profesor que se lió con una alumna?
En este contexto, pareciera que el gran enemigo del Estado
resulta ser un sujeto educado, reflexivo, pensante y hacedor de cosas que vayan
en beneficio de todos y todas, que atente contra la perversión del sistema. Quizás
por eso se propicia la presencia –en ese sistema- de quienes aceitan la
maquinaria, invisibilizando o marginando a aquellos que apuestan por la solidez
del oficio en todos los ámbitos, oficio que finalmente se transforma en el legado
que sobrevive al terrorismo del damnatio
memoriae.

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