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domingo, 5 de marzo de 2023

 

Damnatio memoriae (la condena al olvido)

 

Hace un par de días el modo random de youtube reprodujo un testimonio del programa del lenguaraz Rumpy, que dejé correr porque funcionaba más bien como cortina a lo que estaba haciendo en ese minuto. A los pocos segundos presté atención, dado el tono del testimonio: un profesor se había liado con una alumna. Un clásico donde los haya, para qué estamos con cosas. Sin embargo, el contexto en el que se instala una situación como ésa –y narrado en primera persona- resultó ser macabro y perverso, y trasunta la mera calentura, pues lo que podría haber sido un “touch and go” se transformó en una relación avalada por un sistema educacional que literalmente no sólo propicia un delito, sino también resulta permisivo con la relación “profe - apoderado/a”, con el sólo objetivo de que el alumno o alumna de marras pase de curso. Incluso el testimonio señala que en “esos colegios, de la periferia” la relación entre profesor y alumna es visto como una señal de estatus, un motivo para jactarse ante sus pares, llegando incluso a la práctica de evaluar con notas deficientes durante el año para llegar al arreglo correspondiente al finalizar el período escolar. Esto sucede en colegios con pomposos nombres en inglés donde los estudiantes egresan evidentemente sin ser bilingües y  se trabaja en función del famoso SIMCE, donde lo que importa son los números para seguir ganando las lucas que corroen un sistema que sume cada vez más en la ignorancia a un estrato social por definición vulnerable y que el modelo transforma en “aspiracional”, creyendo ver en la universidad la continuación de “los doce juegos” a los que alude Jorge González en “El baile de los que sobran”; universidad a la ingresan –me consta- muchas veces sin ser capaces de redactar un brevísimo informe de una página. Hoy todo tiene un precio –no un valor- que todos, sin excepción, pueden pagar.

En contrapartida, ayer vi el documental “Destruir el legado cultural para borrar la Historia”, interesante revisión de la destrucción de diversas estatuas y esculturas a través del tiempo, con especial énfasis en lo sucedido en los últimos años en Afganistán desde el control asumido por los talibanes. Surge entonces el término damnatio memoriae, acuñado durante el Imperio Romano y que literalmente alude a la “condena de la memoria”, es decir, condenar el recuerdo de un sujeto que pasa a ser enemigo del Estado. Destruir un testimonio es borrar la existencia de una cultura, de una memoria colectiva, pareciera ser el consenso finalmente, y de eso existe plena consciencia a nivel mundial y puntualmente de los investigadores entrevistados (del Museo Ciudadela Spandau de Berlín, Museo Islámico de Berlín y el Instituto Arqueológico Alemán, entre otros) al punto de considerar la destrucción del legado cultural como “crímenes de guerra”.

Algo similar sucedió en Chile post golpe militar con todo cuanto tuviera relación o hiciera referencia al gobierno de la Unidad Popular liderado por Salvador Allende, incluyendo la sonoridad de los instrumentos andinos. De ahí la importancia del muralismo, las acciones de arte, la literatura de Lemebel o Germán Marín, o movimientos como el jazz fusión o el Canto Nuevo, surgidos a mediados de los años 70 en precarias condiciones, pues cumplieron un rol pedagógico y entregaron una memoria desde la música, las letras o las imágenes a quienes habían crecido huérfanos de una memoria inmediata.

Entonces la pregunta es casi obvia ¿escucharían las nuevas generaciones sólo reggeatón –opción válida por cierto pero cuestionada por diversos motivos- si hubieran crecido conectadas con nuestra Historia y nuestra música? ¿Alguien se ha preguntado seriamente –dejando de lado los inevitables prejuicios estéticos y musicales- qué implica escuchar reggeaton, trap o cumbia villera? ¿No será que las nuevas generaciones sólo pueden captar mensajes de una simpleza abismante precisamente por lo que plantea el testimonio del profesor que se lió con una alumna?

En este contexto, pareciera que el gran enemigo del Estado resulta ser un sujeto educado, reflexivo, pensante y hacedor de cosas que vayan en beneficio de todos y todas, que atente contra la perversión del sistema. Quizás por eso se propicia la presencia –en ese sistema- de quienes aceitan la maquinaria, invisibilizando o marginando a aquellos que apuestan por la solidez del oficio en todos los ámbitos, oficio que finalmente se transforma en el legado que sobrevive al terrorismo del damnatio memoriae.

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