Para ti no alcanza
Sin duda
todos tenemos pecados de juventud. Personalmente acuso uno en el ámbito
político. Corría el año 1983 y cada noche escuchaba religiosamente la Radio
Chilena, cuando pertenecía a la Iglesia Católica. El día domingo era el turno
de “Melguemos, melguemos” y “Cien por ciento latinoamericano”, conducido por
Miguel Davagnino. Ese año marca el comienzo de las protestas contra la
dictadura de Pinochet y pude presenciar en un par de oportunidades desde el
tercer piso del liceo donde estudiaba un desfile de tanquetas apuntando hacia
lo alto.
El compromiso
estaba claro. Sólo había que hacerlo carne. De esta manera, me enrolé –aunque
por breve tiempo- en las Juventudes Radicales, dirigidas por un treintañero entusiasta
pero con poca enjundia intelectual. El grupo –vale decirlo- era bastante
heterogéneo, y participaban tanto muchachos de conspicuos apellidos como otros
–yo- de profunda y popular raíz. Las reuniones se realizaban en la trastienda
de una joyería ubicada en la calle principal de la ciudad.
Debo ser sincero y decir que nunca estuve muy convencido de lo que ahí se planteaba. Siempre he sido de mirar hacia adelante y ese discursillo sobre la obra de Aguirre Cerda –innegable ciertamente- y la posibilidad de reflotarla me merecían dudas. Eran otros tiempos. Además, eso de llamarnos entre nosotros “correligionarios” me parecía un cliché absurdo, sobre todo si nos encontrábamos en la calle. Torpe además. Qué es eso de andar alumbrando innecesariamente cuando por nada te agarraban de un ala.
Pero donde se paró la burra a
mear, fue en una reunión donde supuestamente se dictarían las bases para
sumarse al derrocamiento de la dictadura y así acceder en la futura democracia a “lo que
nos estaba vedado” según el líder. “Cuando seamos gobierno, tendremos acceso a los
espacios prohibidos y serán sólo para nosotros. El resto a la mierda…” había
dicho el hombrón, ante lo cual pedí la palabra y señalé “¿Y cuál sería la
diferencia con lo que hay ahora? ¿Sólo los muertos? Se supone que la democracia
es para todos ¿o no?”. La respuesta vino de inmediato: “Correligionario, ahora
nos toca a nosotros. A nadie más.” Eso había dicho el líder joyero relativizando la
esencia de la democracia. Para su mala suerte –buena para mí- en el liceo había
tenido buenos profes de filosofía. Eran tiempos donde a uno le exigían pensar, así
que después de darle un par de vueltas, abandoné el grupo definitivamente y me
deshice de la literatura subversiva que guardaba bajo mi cachondo colchón de
adolescente.
Cuarenta años
después veo que no me equivoqué al tomar esa decisión. Llegó la democracia y
con ella el gobierno de unos pocos que se repartieron absolutamente todo, dejando
a quienes organizamos la fiesta de cumpleaños arriesgando el culo tocando en
peñas y arrancando de los milicos, sin siquiera el olor de la torta. Se produjo
exactamente lo dicho en aquella última reunión en la que participé: el “sólo
para nosotros”. De esta forma se empezó a gestar esa perversa costumbre de la
felación en grupo y a puertas cerradas –metafóricamente pero probablemente
también de una forma literal- donde reina el amiguismo y donde no cabe nadie
que no baile al ritmo de lo establecido por unos pocos. Tenía razón: sólo los muertos marcaban
la diferencia. Brutal por cierto.
Alguna vez
fui a la SECH (Sociedad de Escritores) a consultar por el autor de un cuento
maravilloso llamado “Tila con limón”, narración tan descarnada como real ambientada en un puerto cualquiera. Pretendía en realidad la autorización del autor para
rodar la adaptación que había hecho. El sujeto que me atendió con cara vinagre,
después de buscar en un libraco polvoriento, señaló simplemente que ese
escritor no estaba en los registros de la pomposa sociedad y por lo tanto no
existía para sus pares. Lo decía un tipo que vestía un terno seboso y cuya obra
–si la tenía- era desconocida, pero contaba -literalmente- con su carnet de socio al día. Eso
lo situaba en una suerte de elite, integrada por los eternos soplapollas.
Días atrás la
Seremi de Cultura –sí, de Cultura- posteó con una pésima redacción en una red
social a propósito del nombramiento del nuevo ministro de la
cartera, que lo “han hecho estupendo” y “que nos vaiga bien”. Una de las voces
oficiales de un Ministerio que ha dado constantes palos de ciego desde su
creación, frivoliza el escenario de la cultura en Chile con una frase que a
estas alturas es un chiste fome y repetido, surgido precisamente a partir de
una figura icónica de nuestra cultura popular como es Yolanda Sultana. Sin duda
la Seremi tiene las cuotas al día, qué duda cabe. Y su carnet plastificado, es
lo más probable.
He estado –en
demosgracia como decía Lemebel- en un sinnúmero de actividades oficiales, y en
todas resalta un tonillo que recuerda mucho a cierto animador del Festival de
Viña del Mar, con saludos al señor alcalde, al cura tanto y al capitán tanto,
amén de la importancia del famoso carnet de socio con las cuotas al día. Sin él
–y aunque queramos- los que tenemos obra y luchamos desde el tiempo de los
milicos no tendremos acceso a nada. Ni siquiera a oler la torta que ayudamos a
preparar yendo a comprar huevos y harina bajo el ruido de interminables balaceras en
tiempos aciagos. Para nosotros no alcanza.
“¿Y dónde se
consigue el carnet en cuestión y se pagan las cuotas estimado correligionario?”
pareciera ser la pregunta. La respuesta cae de cajón: como en la canción de la banda gringa Eagles, allá pues, donde se ve la luz roja dando vueltas. Ahí está el lugar
donde entras pero del que nunca puedes salir. Ésa es la condena. Por eso, pareciera ser mejor poner marcha atrás y seguir el propio camino a punta de costalazos. A mirar
todo de lejitos no más. O como dice la canción de otro que tampoco tiene las cuotas al día: “…quédense con su flor de país…” Somos varios en todo caso.

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