El Gato (Tabilo) y el Negro (Araya)
Corría el año
1977 –otoño probablemente- y la ciudad vibraba desde el año 1975 con el ascenso
de Deportes Ovalle a “la División de Honor del fútbol chileno”. El honor,
claro. Valor indiscutido e indispensable en tiempos donde gobernaba una
dictadura que precisamente carecía de él. Pero bueno, el fútbol –en cierta
medida- daba alegrías, aunque fueran pasajeras.
En ese tiempo
solía acompañar a mi viejo al entonces Estadio Fiscal, donde nos ubicábamos en
la galería de cemento –sector poniente- a escasos metros del camarín y sobre el
túnel por donde accedía a la cancha el equipo limarino. De esta forma, veía
pasar a centímetros de mi infancia a Omar Soto, William Roldán, Adrián Tapia,
Víctor Tapia, Adolfo Cortés, los argentinos Ciro Ocampo y Julio Ortiz, y a mi
ídolo Gabriel Gallardo, mediocampista bigotón regalón del rancho.
Mi viejo era socio del club con carnet al día, y conocido en la ciudad por su trabajo de chofer de buses. Su vozarrón y presencia ayudaban a reconocerlo donde fuera. Vamos, que le gustaba la farándula al Negro; estoy seguro de eso. El primer equipo lo saludaba siempre con mucha cercanía y eso me enorgullecía, debo decirlo. Por osmosis yo también era conocido. Era -para todo el que nos viera juntos- "el Sergio chico".
Deportes Ovalle lentamente marcaba presencia
en el “fútbol rentado”, como solía decirse entonces. También lentamente –pero allá
lejos en el norte, en Calama- surgía un equipo que a poco andar haría historia
a nivel latinoamericano: Cobreloa. Con el apoyo económico de los mineros del
cobre empezaría a mover la grúa para armar un equipo realmente competitivo.
Recuerdo al mundialista uruguayo Ladislao Mazurkiewicz en el arco, y a Luis Garisto -también uruguayo- y Enzo
Escobar en la defensa, entre otros.
Un día
cualquiera llamaron a la puerta de la casa donde vivíamos en la calle
Benavente y que dejaríamos para siempre el dos de agosto de 1977. Como nadie iba, me decidí a atender. Al abrir la puerta quedé
petrificado: Hugo Tabilo –el Gato Tabilo, nuestra mejor carta en la defensa
ovallina- me miraba sonriente a escasos centímetros y preguntaba por mi viejo. Como
no reaccionaba, estiró su mano estrechando la mía, la de un niño que soñaba con
pisar el pasto del estadio aunque la infraestructura física no lo acompañara en
absoluto. Era –como la lógica futbolera indicaba- a quien en las pichangas
diarias ponían al arco por malo. “Te pusiste los zapatos al revés”, me decían
cada vez que jugaba en otro puesto. Aun así, tenía cosido a una polera azul y en
color blanco el número ocho; el que usaba Gabriel Gallardo, mi ídolo, a quien
inmortalicé en un cuento incluido en “Demisec”, mi primer libro.
Aún medio
atontado, volví a entrar en la casa.
- Papá, lo
buscan…
- ¿Quién? Estoy
ocupado… – responde, mientras se afeita frente al espejo.
- El Gato…
- ¿Qué gato? –
pregunta entonces, extrañado, limpiando el jabón de la maquinilla de afeitar.
- El “Gato”
Tabilo…
- ¡El Gatito! ¿Dónde
está? – dice, estirando el cuello más allá del baño.
- En la
puerta…
- Dígale que
voy al tiro…
Y parto raudo
a hablar con el defensa que se ha hecho famoso por su juego y sus piernas de
alicate más allá de la provincia.
- Dice mi
papá que viene al tiro…
- Ya, gracias…
-responde Tabilo, sonriendo y achicando los ojos en ese rostro moreno, nortino
cien por ciento.
Aparece mi
papá y se dan un tremendo abrazo. “¡Gatito, en qué andas!” dice mi viejo y
Tabilo responde tímidamente. En ese momento me entero que deja el club y se va
al norte. Ha sido contratado por Cobreloa. Necesita trasladar sus pertenencias
y pensó en mi viejo para que lo ayude de alguna forma. Mal que mal, maneja
vehículos de distinto calado y es conocido por eso.
Se despiden
con un abrazo apretado mientras miro petrificado la escena. El Gato, nuestro principal
cancerbero no va más con la tricota verde. Me mira y acaricia mi cabeza torpe pero
cariñosamente. “Pórtate bien”, dice despidiéndose, casi en un susurro,
achinando sus ojos una vez más e iniciando ahí, en la vereda donde fracasé tantas
veces como deportista, una carrera de éxito en el norte que lo llevaría a ser
vice campeón de la Copa Libertadores un par de veces y también figura -aunque brevemente- en la selección
nacional.
El equipo limarino se vería prontamente diezmado con la partida de -entre otros- el goleador Julio Ortiz al fútbol belga, pero tendría un repunte hacia fines de la década con los refuerzos llegados desde Universidad de Chile. Ricardo Torres, Miguel Socías -hermano menor del "Lulo"- y Renzo Gamboa -hermano de Miguel Ángel, que triunfaba en México en ese momento- ayudarían a encumbrar al Ovalle, que disputaría el año 1979 una final frente a Huachipato.
Ya en el nuevo milenio, la tienda verde daría una última sorpresa venciendo a Colo Colo, en esos campeonatos regidos por el "fútbol - empresa", como muestra de los últimos estertores de su presencia en el fútbol profesional antes de terminar como sociedad anónima y perdido en la Tercera División.
Cada vez que viajo a mi tierra natal desemboco en la terraza de un céntrico café. Ahí suelo coincidir con el "Mocho", uno de los hermanos Gómez, verdaderos referentes de la casaquilla verde. Siempre me saluda cordialmente. Quizás ve a mi viejo, al Negro, que siempre los alentaba en la cancha y fuera de ella, como fanático que era del balompié. Estoy tentado -si nos volvemos a encontrar- de invitarlo a mi mesa y conversar sobre los tiempos idos y perdidos en el túnel del tiempo que siempre vuelven de la mano de la memoria afectiva.


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