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domingo, 2 de abril de 2023










Una historia (casi) porno

 

A comienzos de los años 90 hacía mis primeras armas en la fotografía pagada, faceta tan breve como fructífera, sin embargo. Solía publicar avisos gratuitamente en El Rastro y partía a lo que saliera, con mi noble Zenit 12XP –también llamada “tanque ruso” por su diseño y peso- a cuestas. Era lo único que tenía, además de las eternas cargas de negativos compradas en Remach o donde la Carmen Pérez.

Un día la historia se dio al revés: solicitaban un fotógrafo para documentales o algo así. Llamé, concertamos una cita y aparecí hasta con un exposímetro básico que había conseguido. Siempre profesional, nunca improfesional por supuesto. Con un solo lente, pero con exposímetro ¿qué me decís tú?

El lugar se ubicaba en el barrio Salvador, en una calle aledaña. La casa –como casi todas las del barrio en ese tiempo sin tanto edificio moderno de cartón piedra- tenía un jardín descuidado que ocultaba en buena parte su frontis. Me atendió un personaje que me hizo pasar y después de un par de preguntas me llevó al lugar de los hechos: un par de dormitorios ambientados, con cables por todos lados y una cámara que hoy debe estar en algún museo. Era analógica, te pienso.

En realidad lo que necesitaban era iluminar, no hacer un registro fotográfico. Cada vez que pedía detalles de las escenas, el tipo respondía con evasivas y a los supuestos actores nunca los vi. Tampoco quise insistir. Me pagaban al final de la jornada y con eso salvaba varios días. Como no había internet ni celulares, no podía comentarlo con nadie y la verdad terminé convenciéndome que me estaba pasando películas. Nunca mejor dicho. En esas andanzas estuve un par de meses, hasta que dejaron de llamar. Cuando decidí ir sin avisar, la casa lucía más abandonada que nunca, aunque el timbre funcionaba. La típica abuelita que en bata suele barrer la vereda cuando pasan estas cosas, señaló que durante el fin de semana anterior los habitantes de la casa habían cargado todo en una camioneta y desaparecido sin dejar rastros. “De noche”, había rematado como para darle más color a la historia.

Mucho tiempo después vi en la tele a color un reportaje sobre una red de prostitución y trata de blancas –cómo les gusta a los reporteros ese término ¿no?- en la comuna de Maipú. También se hablaba de producción de material pornográfico en una vieja casona de Providencia. Recuerdo haber carraspeado pa no trapicarme con la fría cerveza que bajaba rauda por mi gaznate. Como ya existía internet, hice el link en mi cabeza con aquellas correrías que habían financiado mi existencia brevemente. ¿Y si era, ponte tú?

Olvidé el asunto hasta que en una de mis visitas a la Feria del Libro usado que organizaba una universidad me topé con “Ídola”, libro de Germán Marín, a quien hacía rato quería leer. Original, buen precio. No se diga más, venga p’acá. La sorpresa –como aquella vez del reportaje en la tele a color- vino cuando leí que Marín en su libro hablaba de una famosa red de prostitución y producción de porno amateur que situaba en Maipú, a la que el protagonista del libro –alter ego del autor me tinca- llamaba “la Organización”. Ahí terminé de atar cabos. Como dicen ahora, no tengo pruebas pero tampoco dudas.

Más de una vez intenté contactar a Marín sin resultados. Me hubiera gustado invitarlo al Di Roma, local donde se supone empezó a gestar su novela en base a recortes de prensa, y pinponear realidad versus ficción. El viejo era entretenido y bueno pa la conversa. De eso me convenció en la primera entrevista que pude leer. Nada de eso queda hoy. Ni la casa, ni “la organización”. Tampoco Marín, por cierto. Ni siquiera mi noble Zenit 12XP con sello original de la URSS, la que en uno de mis tantos errores terminé regalando a un ex amigo. Pero ésa es otra historia. ¡Corten, se imprime!     


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