Una historia (casi) porno
A comienzos
de los años 90 hacía mis primeras armas en la fotografía pagada, faceta tan
breve como fructífera, sin embargo. Solía publicar avisos gratuitamente en El Rastro y
partía a lo que saliera, con mi noble Zenit 12XP –también llamada “tanque ruso”
por su diseño y peso- a cuestas. Era lo único que tenía, además de las eternas
cargas de negativos compradas en Remach o donde la Carmen Pérez.
Un día la
historia se dio al revés: solicitaban un fotógrafo para documentales o algo
así. Llamé, concertamos una cita y aparecí hasta con un exposímetro básico que había
conseguido. Siempre profesional, nunca improfesional por supuesto. Con un solo
lente, pero con exposímetro ¿qué me decís tú?
El lugar se
ubicaba en el barrio Salvador, en una calle aledaña. La casa –como casi todas
las del barrio en ese tiempo sin tanto edificio moderno de cartón piedra- tenía
un jardín descuidado que ocultaba en buena parte su frontis. Me atendió un
personaje que me hizo pasar y después de un par de preguntas me llevó al lugar
de los hechos: un par de dormitorios ambientados, con cables por todos lados y
una cámara que hoy debe estar en algún museo. Era analógica, te pienso.
En realidad
lo que necesitaban era iluminar, no hacer un registro fotográfico. Cada vez que
pedía detalles de las escenas, el tipo respondía con evasivas y a los supuestos
actores nunca los vi. Tampoco quise insistir. Me pagaban al final de la jornada
y con eso salvaba varios días. Como no había internet ni celulares, no podía
comentarlo con nadie y la verdad terminé convenciéndome que me estaba pasando
películas. Nunca mejor dicho. En esas andanzas estuve un par de meses, hasta
que dejaron de llamar. Cuando decidí ir sin avisar, la casa lucía más
abandonada que nunca, aunque el timbre funcionaba. La típica abuelita que en
bata suele barrer la vereda cuando pasan estas cosas, señaló que durante el fin
de semana anterior los habitantes de la casa habían cargado todo en una
camioneta y desaparecido sin dejar rastros. “De noche”, había rematado como
para darle más color a la historia.
Mucho tiempo
después vi en la tele a color un reportaje sobre una red de prostitución y
trata de blancas –cómo les gusta a los reporteros ese término ¿no?- en la
comuna de Maipú. También se hablaba de producción de material pornográfico en
una vieja casona de Providencia. Recuerdo haber carraspeado pa no trapicarme
con la fría cerveza que bajaba rauda por mi gaznate. Como ya existía internet,
hice el link en mi cabeza con aquellas correrías que habían financiado mi
existencia brevemente. ¿Y si era, ponte tú?
Olvidé el
asunto hasta que en una de mis visitas a la Feria del Libro usado que
organizaba una universidad me topé con “Ídola”, libro de Germán Marín, a quien
hacía rato quería leer. Original, buen precio. No se diga más, venga p’acá. La sorpresa
–como aquella vez del reportaje en la tele a color- vino cuando leí que Marín
en su libro hablaba de una famosa red de prostitución y producción de porno
amateur que situaba en Maipú, a la que el protagonista del libro –alter ego
del autor me tinca- llamaba “la Organización”. Ahí terminé de atar cabos. Como dicen
ahora, no tengo pruebas pero tampoco dudas.
Más de una
vez intenté contactar a Marín sin resultados. Me hubiera gustado invitarlo al
Di Roma, local donde se supone empezó a gestar su novela en base a recortes de
prensa, y pinponear realidad versus ficción. El viejo era entretenido y bueno
pa la conversa. De eso me convenció en la primera entrevista que pude leer. Nada
de eso queda hoy. Ni la casa, ni “la organización”. Tampoco Marín, por cierto.
Ni siquiera mi noble Zenit 12XP con sello original de la URSS, la que en uno
de mis tantos errores terminé regalando a un ex amigo. Pero ésa es otra
historia. ¡Corten, se imprime!


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