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domingo, 7 de mayo de 2023

 Érase un promotor gitano




Si alguna lección me dejó el torpe accidente sufrido en diciembre pasado fue aprender a respirar. Literal y metafóricamente. En los meses que estuve funcionando a media máquina tuve que -muy a mi pesar- bajar las revoluciones y ver la vida pasar a otra velocidad. Pero desde hace un par de meses ya estoy corriendo, algo fundamental en mi actividad diaria; mental y física. Es para mí algo así como "el sentido de lo eterno".

En los últimos días -de visita en mi tierra natal- he salido a correr por la costanera, pretencioso nombre para una ciclovía que bordea el antiguo cauce del río Limarí. Casi al llegar al puente La Chimba se ha instalado un campamento gitano, con sus carpas, guaguas y autos a la venta y por donde tengo que pasar para llegar a destino. Me llama la atención que el pueblo gitano exista en una suerte de universo paralelo a la realidad nacional. Quizás sea una percepción mía, pero siempre los he visto (sobre)viviendo al margen de ideologías, economías y gobiernos de turno. Ellos están ahí. Surgen y "¡aquí estamos po!"

Uno de estos días -como en la canción de Pink Floyd- venía de regreso de correr cuando divisé a pocos metros a un gitano adulto, de la tercera edad ya. Como gesticulaba y me hablaba, decidí sacarme los audífonos y detenerme para ver de qué iba. Cuando estaba a escasos centímetros escuché que preguntaba sonriente con su acento romané:

- ¿Eres boxeador? Hace días que te veo corriendo...

No sé en qué estaba o si me pilló volando bajo, pero le dije que sí.

- Se nota - agrega, y me deja aún más sorprendido pues no sé muy bien en qué se podría notar aquello. Sin dejar de sonreír y sobándose las manos replica: "Voy a organizar una pelea entonces ¿Te interesa?". "¡Claro!" le digo entusiasmado mientras el gitano levanta su dedo pulgar y yo me alejo corriendo. Envalentonado por el sonido rockero de "Speak of the devil" -show con el que Ozzy Osbourne volvió a las pistas el año 1982- me imagino a mis años agarrándome a combos con algún candidato del promotor gitano, seguramente mucho más joven que yo. 

¿Y si fuera ponte tú? ¿Por qué no, si el energúmeno que acaba de pasar por mi lado en un auto tuneado se cree piloto de Fórmula 1? Sería la oportunidad -quizás, pienso ya absolutamente engrupido mas no del todo convencido- de estrenar mis recién llegados guantes Everlast directamente desde Tailandia, plaza importante del boxeo más rudo. También del menos elegante en mi opinión. 

Sigo corriendo y recuerdo que la última vez que me subí a un ring fue hace varios años y kilos. ¿El contexto? En ese tiempo estaba empeñado en componer una pequeña ópera rock con Martín Vargas como figura central. En un intento por acercarme a "la sicología del personaje", lo entrevisté un par de veces, instancia de la que quedaron en alguna parte un registro fotográfico y los audios correspondientes. También contacté al inefable Ricardo Liaño, con quien nos reunimos algunas veces en su lóbrega oficina del Caracol Bandera. En  una de esas oportunidades -ad portas a la despedida de Vargas- conocí a los ex campeones mundiales Miguel Canto y Betulio González, quienes junto con una humildad impresionante en el trato reflejaban una precaria situación personal.

En una de las conversaciones con Martín Vargas recuerdo haberme sentido impactado -y seducido- por el ring ubicado a escasos metros. Para resumir, me ofrecí temerariamente con uno de los entrenadores como sparring para los nuevos prospectos del boxeo criollo, obteniendo una respuesta positiva. Alcancé a subirme un par de veces al cuadrilátero. Afortunadamente había visto hartas peleas y la saga completa de Rocky, así que algo pude hacer aparte del ridículo. El último contrincante era un péndex que no llegaba a los veinte años. Era sin duda un peleador callejero. Me sacó la cresta, obvio. 

Llegando estoy a la meta frente al terminal de buses y tomo un respiro para enfrentar el último tramo de mi recorrido, y miro a la distancia el campamento gitano. Recuerdo el entusiasmo del aspirante a promotor y sonrío. Difícilmente pueda pactar nada pues mañana regreso a la montaña. Putaendo, allá vamos. 

Espero volver pronto por estos lados y seguiré corriendo, de eso no hay dudas. Lo otro seguro son las fotos que debo hacer para el Centro de Estética Aquarius, un emprendimiento familiar administrado por una sobrina y que ha dado muy buenos resultados.

¿Alguien sabe cuánto se quedan los gitanos en un lugar?



       

  



   

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