El viento es salvaje
Nos conocimos tiempo atrás, diez años quizás. Nunca fuimos ni
tuvimos nada formal, pero siempre estábamos el uno para el otro. Siempre. Yo
conocía sus gustos y él los míos. Una de las últimas veces que hablamos por
teléfono dijo que me invitaría a escuchar a Bowie y Elton John, y respondí con
el mejor emoji que pude encontrar. Sabía que amo a esos dos y aunque no fueran
santos de su devoción totalmente, no se permitía pasar de ellos. “Son genios.
Pueden no gustarte, pero a cada tanto hay que escucharlos”.
Más de una vez estuve en la casa que ocupaba y me dejaba
disjockear a mi antojo el cd doble de
Bowie que tenía mientras comíamos el sushi comprado en el barrio. La pasábamos
tan bien que inventó la “ruta del sushi” para seguir escuchando la música que
aguardaba en los estantes y repisas. También más de una vez le pedí que cantara
algo, aprovechando que siempre hubo una guitarra a mano, pero cada vez encontró
una excusa y yo nunca insistí ¿para qué?
En el último tiempo nos vimos un poco más, si bien nunca estuvimos
distanciados. Un día me llamó y me invitó a salir. Más bien, me pidió que lo
acompañara a la casa de un amigo, “a una tertulia”, dijo textual y sólo atiné a
sonreír porque esa palabra según yo, ya no salía ni en el diccionario. Era un
viejo sin serlo. Siempre lo supe y él también. No había nada interesante en mi
horizonte y acepté, como tantas otras veces, con la certeza de que la
pasaríamos bien ese sábado de invierno.
Nunca tuve tanta razón y nunca pensé en descubrir quizás su
faceta más oculta, la que nunca quiso o pudo mostrar en sus propios dominios.
La “tertulia” estuvo fantástica y la conversación interesante. Quizás hoy
podría odiar a quien propuso poner música desde youtube. “Aleatorio, lo que
salga”, fue lo último que escuché antes de ir al baño y volver cuando estaban
prendidos con el karaoke. Eso, hasta que el puto modo aleatorio me hizo
tambalear regalándome la pista de “Wild is the wind”. No alcancé a decir nada.
Sólo lo escuché decir “ésa me la sé”, para luego tomar la guitarra que descansaba
en un rincón, afinarla y dejarse llevar. La cantó completa, en el tono y con
los ojos cerrados. Nunca había visto tanto dolor en su rostro. Los demás
estaban impactados y yo, aparte de sorprendida, con un nudo en la garganta ¿Por
qué había escogido ese momento para cantar una canción como ésa? O quizás sólo
había sido una coincidencia.
Cuando camino a su casa intenté preguntar algo, se llevó el
índice a los labios en una rogativa porque yo guardara silencio. Luego tomó mi
mano y por primera vez lo sentí de una forma diferente. Sólo pude atinar a
pedirle que no me apretara tan fuerte. Mal que mal, tengo las manos pequeñas.
Sólo atinó a disculparse y yo a entender que en cierta forma se estaba
aferrando a algo, en este caso yo. Nunca soltó mi mano, ni siquiera en el auto
que nos llevó de vuelta a su casa. Durante el trayecto acarició mis dedos con
una dulzura infinita mientras miraba los edificios que pasaban por la Alameda y
las luces anaranjadas distorsionaban sus facciones.
Al llegar no tuve que preguntar nada. Tampoco me sentí
invadida por la decisión que había tomado sin consultarme. Cuando nos besamos
por primera vez desde que nos conocimos supe que algo estaba por suceder pero
no atiné a pensar nada, sólo me dejé llevar. Como ahora. Hicimos el amor durante un rato
largo en total oscuridad hasta que estalló dentro de mí con unos quejidos roncos, acariciándome siempre. Después besó mis pechos, llevándome hasta
el éxtasis una vez más. Luego me abrazó y así nos quedamos dormidos.
A medianoche las voces que venían de la calle me despertaron mientras la luz de una baliza en silencio pintarrajeaba los muros del dormitorio. Entonces me di cuenta que estaba sola en la cama y tuve la misma sensación de tambaleo de cuando la pista del karaoke había sonado antes, al salir del baño en casa de sus amigos. Como pude corrí hacia el living y abrí la ventana. Entonces lo reconocí sobre el pavimento, rodeado de gente extraña para mí. Bomberos, el borracho de turno, un drogo intentando entender lo que pasaba. Me paralicé y tuve ganas de vomitar, pero no pude. Sólo temblaba sin control, hasta que pude llorar mientras sin poder evitarlo y apoyado en el borde de la ventana, mi cuerpo se deslizó hasta el suelo.
En ese momento
sentí que algo frío bajaba de mi estómago y se abría paso hasta escapar por mi
sexo aún húmedo. También de mí se estaba escapando y yo no quería eso. En un
intento por retenerlo como a su olor que impregnaba la camiseta que usé para
dormir, junté mis piernas con fuerzas y dejé que la pena hiciera lo suyo
mientras el viento frío que entraba por la ventana intentaba secar unas lágrimas rebeldes que brotan cada
vez que lo recuerdo, aunque el viento se lo lleve eternamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario