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sábado, 20 de mayo de 2023

 El viento es salvaje


Nos conocimos tiempo atrás, diez años quizás. Nunca fuimos ni tuvimos nada formal, pero siempre estábamos el uno para el otro. Siempre. Yo conocía sus gustos y él los míos. Una de las últimas veces que hablamos por teléfono dijo que me invitaría a escuchar a Bowie y Elton John, y respondí con el mejor emoji que pude encontrar. Sabía que amo a esos dos y aunque no fueran santos de su devoción totalmente, no se permitía pasar de ellos. “Son genios. Pueden no gustarte, pero a cada tanto hay que escucharlos”.

Más de una vez estuve en la casa que ocupaba y me dejaba disjockear a mi antojo  el cd doble de Bowie que tenía mientras comíamos el sushi comprado en el barrio. La pasábamos tan bien que inventó la “ruta del sushi” para seguir escuchando la música que aguardaba en los estantes y repisas. También más de una vez le pedí que cantara algo, aprovechando que siempre hubo una guitarra a mano, pero cada vez encontró una excusa y yo nunca insistí ¿para qué?

En el último tiempo nos vimos un poco más, si bien nunca estuvimos distanciados. Un día me llamó y me invitó a salir. Más bien, me pidió que lo acompañara a la casa de un amigo, “a una tertulia”, dijo textual y sólo atiné a sonreír porque esa palabra según yo, ya no salía ni en el diccionario. Era un viejo sin serlo. Siempre lo supe y él también. No había nada interesante en mi horizonte y acepté, como tantas otras veces, con la certeza de que la pasaríamos bien ese sábado de invierno.

Nunca tuve tanta razón y nunca pensé en descubrir quizás su faceta más oculta, la que nunca quiso o pudo mostrar en sus propios dominios. La “tertulia” estuvo fantástica y la conversación interesante. Quizás hoy podría odiar a quien propuso poner música desde youtube. “Aleatorio, lo que salga”, fue lo último que escuché antes de ir al baño y volver cuando estaban prendidos con el karaoke. Eso, hasta que el puto modo aleatorio me hizo tambalear regalándome la pista de “Wild is the wind”. No alcancé a decir nada. Sólo lo escuché decir “ésa me la sé”, para luego tomar la guitarra que descansaba en un rincón, afinarla y dejarse llevar. La cantó completa, en el tono y con los ojos cerrados. Nunca había visto tanto dolor en su rostro. Los demás estaban impactados y yo, aparte de sorprendida, con un nudo en la garganta ¿Por qué había escogido ese momento para cantar una canción como ésa? O quizás sólo había sido una coincidencia.

Cuando camino a su casa intenté preguntar algo, se llevó el índice a los labios en una rogativa porque yo guardara silencio. Luego tomó mi mano y por primera vez lo sentí de una forma diferente. Sólo pude atinar a pedirle que no me apretara tan fuerte. Mal que mal, tengo las manos pequeñas. Sólo atinó a disculparse y yo a entender que en cierta forma se estaba aferrando a algo, en este caso yo. Nunca soltó mi mano, ni siquiera en el auto que nos llevó de vuelta a su casa. Durante el trayecto acarició mis dedos con una dulzura infinita mientras miraba los edificios que pasaban por la Alameda y las luces anaranjadas distorsionaban sus facciones.

Al llegar no tuve que preguntar nada. Tampoco me sentí invadida por la decisión que había tomado sin consultarme. Cuando nos besamos por primera vez desde que nos conocimos supe que algo estaba por suceder pero no atiné a pensar nada, sólo me dejé llevar. Como ahora. Hicimos el amor durante un rato largo en total oscuridad hasta que estalló dentro de mí con unos quejidos roncos, acariciándome siempre. Después besó mis pechos, llevándome hasta el éxtasis una vez más. Luego me abrazó y así nos quedamos dormidos.

A medianoche las voces que venían de la calle me despertaron mientras la luz de una baliza en silencio pintarrajeaba los muros del dormitorio. Entonces me di cuenta que estaba sola en la cama y tuve la misma sensación de tambaleo de cuando la pista del karaoke había sonado antes, al salir del baño en casa de sus amigos. Como pude corrí hacia el living y abrí la ventana. Entonces lo reconocí sobre el pavimento, rodeado de gente extraña para mí. Bomberos, el borracho de turno, un drogo intentando entender lo que pasaba. Me paralicé y tuve ganas de vomitar, pero no pude. Sólo temblaba sin control, hasta que pude llorar mientras sin poder evitarlo y apoyado en el borde de la ventana, mi cuerpo se deslizó hasta el suelo. 

En ese momento sentí que algo frío bajaba de mi estómago y se abría paso hasta escapar por mi sexo aún húmedo. También de mí se estaba escapando y yo no quería eso. En un intento por retenerlo como a su olor que impregnaba la camiseta que usé para dormir, junté mis piernas con fuerzas y dejé que la pena hiciera lo suyo mientras el viento frío que entraba por la ventana intentaba secar unas lágrimas rebeldes que brotan cada vez que lo recuerdo, aunque el viento se lo lleve eternamente.  

 

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