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domingo, 30 de junio de 2024

 

Érase unos niños sin canciones

 

Domingo, mediodía. Sentado en un banco de la plaza de armas local, espero –cámara en mano- que aparezca una buena foto. Tal cual. Finalmente la foto existe per se y uno sólo debiera sentirse afortunado por tener la posibilidad de obturar en el momento justo para eternizar el momento.  

- Hola caballero ¿tiene una moneda?

- No, lo lamento… - digo casi en piloto automático, tanteando mis bolsillos, y el mocoso –de unos diez años, que aparece al medio en la primera imagen- asiente con la cabeza y se retira. Pasan unos pocos segundos hasta que obturo un par de veces sin convencerme. Por el flanco izquierdo aparece nuevamente el rapaz, esta vez con dos amigos, que saltan directamente a la yugular.

- Tío me da una moneda…

- Yo también quiero tío… - dice el otro

-¿Para qué quieren plata?

- Yo pa comprarme una pistola con láser en los chinos… - dice el primero

- Yo pa comprar palomitas. Tengo luca y me faltan quinientos ¿Tiene quinientos tío?

- ¿Dónde están sus papás? – pregunto idiotamente, adivinando el jab que se viene

- En el campo…

- Yo no tengo…- dice el otro

- O sea, tenemos, pero están lejos…- dice el tercero

- Es lo mismo po…- responde uno de ellos y se largan a reír.

- ¿De dónde vienen?

- Del hogar que está detrás del terminal…

- ¿Los dejaron salir?

- No, nos arrancamos, pero vamos a volver luego; después de acá.

- Yo quiero una cajita feliz… - dice el tercero, mirando el local del McDonald's que se ubica a escasos metros, recordándome por qué estamos conversando.

- ¡Oohhh sí, con papas y hamburguesas! – responden a coro sus amigos.

“Cajita feliz”, me digo. Y en un vuelo non stop directo a comienzos del milenio que dura apenas unos segundos, aterrizo recordando la cantidad de veces que engullí la famosa cajita sólo para coleccionar la figura que traía, regalo para la Francisca, mi entonces única sobrina. Hoy tengo tres. Los chicos siguen haciendo malabares con la moneda que aún no les doy. “Si mi sobrina era feliz con esa mierda, por qué estos chicos no…” me digo y les propongo ir por una cajita infeliz.

Dentro del lugar me encuentro con la fauna clásica, para qué entrar en detalles. Le pido a la chica que me atiende amable y robóticamente alguna orientación. Los chicos –que esperaban fuera- no controlan su ansiedad y entran desordenando el ambiente aspiracional pasado a fritanga. “¡¡Tío, tío!! ¿Qué pasó con la cajita feliz?”. “Ya casi está lista, así que limpien sus manos con alcohol gel”, respondo indicando el pilar donde se ubica el dispensador. La gente mira sin entender. Una cajita y tres niños. Seguro piensan “putas el hueón tacaño…una pa tres”.

Salgo con los chicos y nos ubicamos en las bancas del exterior del local. No quiero que los miren mal ni que sigan arriscando la nariz. “Todo se comparte”, digo perentoriamente y asienten sonriendo, con los motores en marcha. Mientras comen recuerdo el discurso de un conferencista en un encuentro reciente. Hablaba –de acuerdo a su trabajo con chicos vulnerables- de cómo se repetía un patrón en ellos: seguro nunca nadie les había cantado una canción de cuna o infantil, quizás el primer gesto afectivo lógico o esperable hacia un menor.   




Y mirando a estos chicos disfrutar algo tan simple y comportarse como lo que son –niños- convengo en que probablemente nunca escucharon su propia canción de cuna, que quizás el primer contacto físico no fue una caricia, sino un coscorrón o derechamente un golpe. El gesto que hacen de manera inconsciente simulando un arma en sus cabezas cada vez que obturo da para mucho. No quiero usar la imaginación. No hay para qué y no tengo derecho a castigarlos, aunque ellos no lo sepan. Siento pudor por pedirles una foto, pero me siento con el deber de retratar esta infancia maltratada con la que muchos –incluso saliendo de la iglesia que está a metros de ahí después de golpearse el pecho- se hacen los lesos. 

Y he aquí la parte final de la historia, que no termina precisamente con los chicos felices dándome las gracias y preguntando a coro si vengo el próximo domingo. Los miro a la distancia y no logro desatar el nudo en mi garganta. Sólo la impotencia de comprobar que el concertacionismo y la nueva pillería se farrearon al menos tres generaciones lo logra. Porque –por si nadie se los ha dicho- quienes hoy hacen encerronas y se jactan de tener armas y un buen pasar gracias a la droga, eran niños durante su gobierno. Y no hicieron nada por ellos, excepto ridículas e inservibles campañas de marketing para cumplir con el deber ser.

A la distancia veo a los chicos saltando y jugando con los perros que deambulan a su alrededor, peluseando como los niños que son, capaces de sonreír a pesar de todo. La pregunta cae por su propio peso: ¿por cuánto tiempo?  



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