Érase unos niños sin canciones
Domingo, mediodía. Sentado en un
banco de la plaza de armas local, espero –cámara en mano- que aparezca una
buena foto. Tal cual. Finalmente la foto existe per se y uno sólo debiera sentirse afortunado
por tener la posibilidad de obturar en el momento justo para eternizar el
momento.
- Hola caballero ¿tiene una
moneda?
- No, lo lamento… - digo casi en
piloto automático, tanteando mis bolsillos, y el mocoso –de unos diez años, que
aparece al medio en la primera imagen- asiente con la cabeza y se retira. Pasan
unos pocos segundos hasta que obturo un par de veces sin convencerme. Por el
flanco izquierdo aparece nuevamente el rapaz, esta vez con dos amigos, que
saltan directamente a la yugular.
- Tío me da una moneda…
- Yo también quiero tío… - dice
el otro
-¿Para qué quieren plata?
- Yo pa comprarme una pistola con
láser en los chinos… - dice el primero
- Yo pa comprar palomitas. Tengo
luca y me faltan quinientos ¿Tiene quinientos tío?
- ¿Dónde están sus papás? –
pregunto idiotamente, adivinando el jab que se viene
- En el campo…
- Yo no tengo…- dice el otro
- O sea, tenemos, pero están
lejos…- dice el tercero
- Es lo mismo po…- responde uno
de ellos y se largan a reír.
- ¿De dónde vienen?
- Del hogar que está detrás del
terminal…
- ¿Los dejaron salir?
- No, nos arrancamos, pero vamos
a volver luego; después de acá.
- Yo quiero una cajita feliz… -
dice el tercero, mirando el local del McDonald's que se ubica a escasos metros,
recordándome por qué estamos conversando.
- ¡Oohhh sí, con papas y hamburguesas!
– responden a coro sus amigos.
“Cajita feliz”, me digo. Y en un
vuelo non stop directo a comienzos del milenio que dura apenas unos segundos,
aterrizo recordando la cantidad de veces que engullí la famosa cajita sólo para
coleccionar la figura que traía, regalo para la Francisca, mi entonces única
sobrina. Hoy tengo tres. Los chicos siguen haciendo malabares con la moneda que
aún no les doy. “Si mi sobrina era feliz con esa mierda, por qué estos chicos
no…” me digo y les propongo ir por una cajita infeliz.
Dentro del lugar me encuentro con
la fauna clásica, para qué entrar en detalles. Le pido a la chica que me
atiende amable y robóticamente alguna orientación. Los chicos –que esperaban
fuera- no controlan su ansiedad y entran desordenando el ambiente aspiracional
pasado a fritanga. “¡¡Tío, tío!! ¿Qué pasó con la cajita feliz?”. “Ya casi está
lista, así que limpien sus manos con alcohol gel”, respondo indicando el pilar
donde se ubica el dispensador. La gente mira sin entender. Una cajita y tres
niños. Seguro piensan “putas el hueón tacaño…una pa tres”.
Salgo con los chicos y nos
ubicamos en las bancas del exterior del local. No quiero que los miren mal ni
que sigan arriscando la nariz. “Todo se comparte”, digo perentoriamente y
asienten sonriendo, con los motores en marcha. Mientras comen recuerdo el
discurso de un conferencista en un encuentro reciente. Hablaba –de acuerdo a su
trabajo con chicos vulnerables- de cómo se repetía un patrón en ellos: seguro
nunca nadie les había cantado una canción de cuna o infantil, quizás el primer
gesto afectivo lógico o esperable hacia un menor.
Y mirando a estos chicos disfrutar algo tan simple y comportarse como lo que son –niños- convengo en que probablemente nunca escucharon su propia canción de cuna, que quizás el primer contacto físico no fue una caricia, sino un coscorrón o derechamente un golpe. El gesto que hacen de manera inconsciente simulando un arma en sus cabezas cada vez que obturo da para mucho. No quiero usar la imaginación. No hay para qué y no tengo derecho a castigarlos, aunque ellos no lo sepan. Siento pudor por pedirles una foto, pero me siento con el deber de retratar esta infancia maltratada con la que muchos –incluso saliendo de la iglesia que está a metros de ahí después de golpearse el pecho- se hacen los lesos.
Y he aquí la parte final de la
historia, que no termina precisamente con los chicos felices dándome las
gracias y preguntando a coro si vengo el próximo domingo. Los miro a la
distancia y no logro desatar el nudo en mi garganta. Sólo la impotencia de
comprobar que el concertacionismo y la nueva pillería se farrearon al menos
tres generaciones lo logra. Porque –por si nadie se los ha dicho- quienes hoy
hacen encerronas y se jactan de tener armas y un buen pasar gracias a la droga,
eran niños durante su gobierno. Y no hicieron nada por ellos, excepto ridículas
e inservibles campañas de marketing para cumplir con el deber ser.
A la distancia veo a los chicos
saltando y jugando con los perros que deambulan a su alrededor, peluseando como
los niños que son, capaces de sonreír a pesar de todo. La pregunta cae por su propio peso: ¿por cuánto tiempo?

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