El largo camino
a casa
El blanco muro iluminado por
luces mortecinas vigiló mi infancia en el barrio Benavente en incontables
noches de invierno frías y lluviosas. Arrancaba exactamente frente a la casa de
mis abuelos - en el linde de la maestranza y la Panadería Ferroviaria- y se
perdía al llegar al viejo y hoy inexistente Puente Los Cristi. Constituía la
parte final de la vereda más larga que he visto en mi vida y que hasta hoy
recorre aproximadamente quinientos metros.
Fue testigo inmutable de las
pichangas que a diario jugábamos con la patota del barrio en el potrero que era
la antesala de la panadería, desde donde emanaba el olor del pan recién
horneado todo el día. Indudablemente había vida. Esa misma vida –al cumplir
diez años- partí a vivirla al sector sur de la ciudad, donde coincidentemente
llegaron algunos vecinos del barrio. Los inviernos siguieron siendo crudos pero
el paisaje de la infancia cambió para dar paso a la vista de cerros y un río.
El muro -no obstante- aparecía con cada visita a la casa de mis abuelos, aunque
su vista nocturna se fue espaciando en el tiempo hasta desaparecer cuando dejé
mi propio bayou para emprender un vuelo en busca de los sueños amalgamados a
punta de sabores, olores y colores. Para ello sólo contaba –como ahora- con un par de alas imaginarias.
Volví muchas veces al barrio
hasta que la geografía humana cedió a la ley de vida y fueron desapareciendo
prácticamente todos los referentes. El olor a mostaza y fritanga se tomó el
centro de la ciudad y todo se fue al carajo cuando el pueblo empezó a pensar
como ciudad. Como suele ocurrir; como siempre no más. Me tocó deambular
–literal y metafóricamente- por una infinidad de mundos; musicales y de los
otros. Tuve un par de bandas, grabé algunos demos y me enamoré de las consolas de
grabación y el proceso de producción en el estudio. Del lenguaje y la
construcción del sonido. Me dediqué un tiempo largo a componer –como suelo
decir- un montón de mala música que descansa en casetes desperdigados por ahí.
Entremedio amé, reí y también lloré. Me desbarranqué varias veces y supe que la
perfección existía cuando reparé en la naturaleza y me tocó vivir al borde de
una quebrada, en medio de cerros o en una isla. Ahí está todo. Todo viene de
ahí. El resto es un cuento accesorio que en mi opinión poco aporta. Cargo en mi
mochila de vida todo lo que he podido hacer en este viaje del que he vuelto
después de mucho y no puedo menos que sentir un dejo de tranquilidad. El regreso
no fue planificado ni querido, pero si siempre he andado los caminos donde me
ha puesto la vida, no creo que sea ésta la ocasión para cuestionar nada.
Largo fue el camino a casa.
Cuarenta años después vuelvo a transitar por esa calle que me vio crecer y que
hoy me acompaña en la tarde de mi vida, cuando queda cada vez menos y todo
parece alejarse lentamente para perderse en un punto final que cada fin de
semana transforma en un nuevo comienzo.


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