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sábado, 21 de junio de 2025

 Las rosas de Putaendo

(Barber & Yo)


Llevo un tiempo largo -siete años para ser exactos- sistematizando información referente a conciertos de música docta en Chile, lo que se traduce básicamente en un constante aprendizaje y ampliación del repertorio a escuchar, con todo lo que ello implica, siendo relevante el aspecto historiográfico. También de un tiempo a esta parte he logrado consolidar lo que llamo "multi - militancia", refiriéndome con ello a la importancia y necesidad de escribir, sentarme al teclado, dibujar y fotografiar. 

Hasta hace un par de años viví en la precordillera, en una casa mágica que por casi tres años fue mi refugio y el lugar donde a diario fragué mi reconstrucción. Estando allí, una de las obras que se volvió recurrente ingresar y escuchar resultó ser el "Adagio para cuerdas", del compositor estadounidense Samuel Barber (1910 - 1981). Desde un comienzo me cautivó, debo admitirlo, provocando una sensación parecida al de Tomaso Albinoni. Escuchándolo posteriormente muchas veces y con especial atención, debo señalar que en mi opinión, la obra -de poco más de diez minutos de duración- transita por una agonía desbordante, y que Barber -según pude constatar con otras obras de su autoría- maneja de manera sublime la ecuación "ársico - tética". Resulta impresionante su capacidad para dejar en el aire una aparente falta de resolución por medio de notas agudas, y con ello remover las emociones.

Como señalé, viví en la precordillera, en una casa rodeada por rosales rojos y blancos, sentándome cada vez que pude en la pequeña terraza a escuchar el mentado adagio, y siempre me transportó a un estado melancólico profundo del que costaba zafar. También en esos momentos había decidido sumergirme -sobre todo después de haber visto un par de ensayos con diferentes orquestas y obras- en el trabajo del director venezolano Gustavo Dudamel. Fue así que encontré la interpretación del adagio de Barber a cargo de la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Dudamel ciertamente. Esto fue coincidente con la relectura de "La correspondencia de las artes", del filósofo francés Etienne Souriau (1892 - 1979), que trata precisamente la equivalencia de lenguajes en relación a la obra, lo que podía contrastar -guardando la inmensa distancia- con mi trabajo surgido principalmente desde el dibujo, la escritura y la fotografía.

Un día, viendo la actuación antes mencionada y para mi absoluta sorpresa, reparé en que la cámara principal abandonaba la sala de conciertos, y por medio de un extenso travelling se desplazaba hasta unos jardines cercanos, pletóricos de rosas rojas y blancas, como las que acompañaban mis días en Putaendo. Recuerdo haber parafraseado mentalmente a Adolfo y decir "las rosas -la naturaleza en el fondo- son las mismas en todas partes, no hay rosas de primera o segunda categoría". Así de perfecta es la naturaleza y la buena música por cierto. Entendí, a partir de esta experiencia, que no me he equivocado al no oponer resistencia cuando la vida me ha situado en tal o cual camino, y que más temprano que tarde iba a coincidir con Barber y su obra, y que -al menos en el caso del adagio que motivó este texto- el uso del lenguaje y el material musical allí dispuestos tenían un equivalente visual en los rosales de Putaendo que fotografié tantas veces, quizás asfaltando premonitoriamente a punta de cientos de versos y dibujos, el camino para las emociones que vendrían después.        


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