Me bajé en la próxima parada
Hace unos años repliqué en Facebook un post del destacado filósofo y escritor italiano Umberto Eco (1932 - 2016), donde señalaba que internet -y puntualmente las redes sociales "habían otorgado a legiones de idiotas el derecho a hablar lo que antes sólo comentaban en el bar después de haber bebido, sin dañar a la comunidad". Si lo repliqué es porque concordaba con ello, ciertamente. De aquello han pasado a lo menos siete años, evidenciándose cada vez más aquella afirmación, aunque para ser justos no tanto en Facebook como en Twitter, al tener X -así llamada ahora- menos filtros para seguidores. Lo que en un comienzo resultó ser una interesante plaza para fructíferos debates, hoy es un circo romano absolutamente polarizado, donde los matices suelen no tener cabida. Con la aparición de los llamados "bots" y las "cuentas parodias", X se ha transformado en una insoportable y egocéntrica vitrina de traseros, pechugas y comentarios virulentos y violentos. Tuiteo, luego existo.
Creo -puedo estar equivocado- que el ambiente político y en general la contingencia vivida post "estallido social" han sido generosos proveedores de caldos de cultivo para tal odiosidad, amén de una creciente y desmedida falta de respeto, donde la única opción pareciera ser denostar a quien piensa o actúa diferente. Es común ver en un posteo de tres o cuatro líneas la misma cantidad de insultos de grueso calibre. Si no hay espacio para los matices, tampoco lo hay -en líneas generales- para poner la pelota contra el piso y pensar la siguiente acción.
Descartes lo dijo hace tiempo ya: "Parece ser que la razón está muy bien repartida: todos dicen tenerla". Lo que ocurre en Planeta X pareciera confirmar aquello. Lo realmente preocupante -en mi opinión, que nadie ha pedido, eso está claro- es la escasa o nula capacidad reflexiva detrás de febles argumentos. Junto con ello, el derecho a voto que depositamos como sociedad en individuos que actúan de una manera absolutamente dicotómica y visceral.
Tiempo atrás comenté a parte de mi círculo cercano que "me había bajado del tren", refiriéndome con ello a que ya no me importaba cómo hacían las cosas los que debieran hacerlas pensando en el bien común, porque finalmente siempre salen a relucir las clásicas "yayitas" junto a las explicaciones que no explican nada. De capitán a paje es la cosa. Discépolo y "Cambalache" instalados como una gran e irrefutable verdad.
Si un par de pelotudos -en realidad son varios más, para el caso es lo mismo- piensa que la guerra es la respuesta, entonces que se den, pero antes que dejen en claro a qué instancia una guerra puede ser la respuesta. Si quieren seguir matando a niños y ancianos inocentes argumentando lo indecible, háganlo, que la vida pronto les pasará la factura. De esta función nadie se va sin pagar, y aquí el "tres cuotas precio contado" no corre, aunque el culto a la cáscara esté más que instalado.
Estamos ad portas de una nueva elección presidencial que probablemente gane la (ultra)derecha mezquina y miserable. En las recientes primarias voté por Jeanette Jara sin ser comunista, aunque sí de izquierda. La de verdad, claro, no la "whiskierda" progre que le tomó el gusto al billetón. Imaginar un triunfo resulta tan utópico como necesario. Y en tiempos de distopía, es permitido soñar. Mientras, es menester aportar desde la trinchera personal, cualquiera que ésta sea. Para quienes tenemos más pasado que futuro, ésa parece ser la consigna.


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