Érase una radio a tubos, un profesor de dibujo, un artista visual y un concierto de Bach
Recuerdo que de niño me deslumbraban las radios y no sólo como dispositivo sonoro, sino también como artefacto. En ese tiempo eran de madera noble, con una gruesa tela cubriendo el parlante y con grandes diales para sintonizar manualmente las emisoras. Era el tiempo de la onda corta, la onda larga, Radio Moscú y los radioteatros entre otros contenidos. Me llamaba la atención que usualmente por alguna rendija de la tapa trasera se colara una luz anaranjada. Me subyugaba por alguna razón esa tonalidad que se repetía invariablemente en la mayoría de las radios existentes en el barrio. Eso y el zumbido eterno que quedaba como cortina al encenderlas, testigo de una imperfección sonora maravillosa, orgánica.
Años después, cuando ingresé a la universidad, en segundo año de Dibujo tuve como profesor a César Osorio, un personaje tan atípico como deslumbrante. Podía tutearlo a uno o saludarlo con un respetuoso "Cómo está joven, gusto de verlo". Su constante volatilidad era diametralmente opuesta a lo concreto que había sido el profesor del primer año, al que llamábamos afectuosamente Jimmy Lyon. En una oportunidad escuché que en una clase César había hecho un análisis de un cuadro de Rembrandt en paralelo a una radio a tubos, a partir precisamente de la tonalidad anaranjada presente en la obra del pintor holandés. Cuenta la leyenda que había terminado su intervención llorando. Así de intenso podía llegar a ser. César acostumbraba a alabar mi trabajo, y con tiernos veinte años eso era combustible para aviones. Pero los aviones también se caen, y eso lo aprendí al final de ese año, aunque la lección que me dejó resultó ser imperecedera.
Es importante señalar que la volatilidad de César implicaba no evaluar con nota alguna los trabajos, así que llegamos al examen final literalmente en ascuas. Así las cosas, nos presentamos para ser evaluados por la comisión examinadora, integrada por una profesora de Historia del Arte y Humberto Nilo, uno de los referentes importantes de las artes visuales de la época. El primer golpe vino del propio César, junto con la primera gran lección. Fui evaluado con nota 4, y eso era una tragedia pensando que sobrevivía en base a becas que se otorgaban por rendimiento. Cuando lo interpelé, diciendo que para qué tanto halago durante el año si me iba a rajar en el examen, vino el segundo golpe: "Flaco (en ese tiempo lo era), tu trabajo es increíble, pero eso es pintura, y éste es un taller de dibujo", señaló y me dejó parado fuera del taller, en modo epaté. Aún sin salir del asombro, escucho que Nilo pregunta "¿De quién es esto?" y alguien me pega un codazo. "Mío.." digo casi en un susurro, esperando el repruebo. Nilo me mira, se rasca la barbilla y señala "Quiero ver esto con color, cámbiate a pintura". Segundo jab en menos de cinco minutos, porque para ser honesto ni en mis mejores sueños o pesadillas me había imaginado como un pintor. Si hasta ese momento para mí todo era la música, con banda y todo. "Dale, yo te firmo la carta", insiste el artista visual que había logrado notoriedad tiempo atrás por exponer vísceras en el Museo de Bellas Artes en tiempos de represión y censura, aludiendo a que el cambio de carrera necesitaba un referente y aval académico. La historia terminó con un final feliz, pues Nilo y la profesora me aprobaron con la nota suficiente como para no perder las becas. Al término, César -con una actitud parental que no olvidaré jamás- me aparta del grupo poniendo su brazo en mi hombro derecho y señala: "Flaco, recuerda...forma cerrada, forma abierta. Ah, y piensa en la propuesta del profesor". Tercer puñetazo.
A partir de ese momento la observación se instaló como un eje para entender la realidad, factor que fue reafirmado en la cátedra de Iluminación, en tercer y cuarto año. Nunca -para bien o para mal- me cambié de carrera. Me faltó convicción probablemente y una cuota importante de cojones, como muchas otras veces. El dibujo quedó relegado por treinta años. Cuando lo retomé ciertamente estaba un poco oxidado, pero he ido resolviendo paulatinamente algunas cosas, unas de mejor manera que otras. Nunca he olvidado lo aprendido en las antiguas lides, y por cierto, aquella performance de Osorio haciendo un paralelo entre una radio a tubos y Rembrandt. ¡Qué ganas de haber estado ahí!
Lo anterior, a propósito de que tiempo atrás estaba terminando un retrato mientras sonaba el Concierto Brandenburgués N° 5 de Bach. Sincrónicamente lo di por terminado en el momento cúlmine del solo de clavecín, mientras unas lágrimas traidoras rodaban por mis mejillas. Fue imposible no recordar a César y su aparente mala evaluación de mi trabajo que abrió una puerta inmensa a la comprensión de un oficio que nunca termina.
(Basado en una historia casi real)


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